- Entonces pegamos las fotos en las cartulinas y se supone que detrás tenemos que escribir algo así como inspirado, pero vamos, a mí no se me ocurre nada.

- No te preocupes, ya se te irá ocurriendo, tú procura tener listo lo demás y el resto irá saliendo.

- Ya , pero es que ahora nos ponen trabajos por todas partes.

- Pues imagina que luego todo empeora, claro que también mejoran cosas por otro lado.

- ¿Qué cosas, papá?

- Esas ya te las iré contando. Venga, que tengo que hacer un recado y no me da tiempo.

- Adiós , papá.

- Adiós hijo.

Decenas de coches realizan la misma operación, alumbrando artificialmente niños y niñas que llegan al mundo con sus carteras sobre el hombro, sus zapatillas de diseño y mp3 de última generación. O como barcos de guerra desembarcando, un día D continuo.

Su hijo le saluda desde la puerta del colegio antes de unirse a la riada de niños y niñas, que entre chillidos nerviosos y juegos sin sentido, se preparan para entrar a clase. Incluso tan lejos, incluso tan temprano, los ojos del azules del muchacho brillan como un par de lámparas de lava, como carteles de neón, algo humano y ajeno a la vez.

Quita el freno de mano, introduce la marcha mientras pisa el embrague y el freno. Automatismos, decía su profesor de autoescuela, al final lo haces tantas veces que ni piensas en ello, como fumar, como atarse los zapatos…el brazo se alza, y todo el cuerpo acompaña a su caída para acelerar la fuerza del impacto, física elemental, el cuerpo es sabio. Si das en el punto exacto, inconsciencia, si no lo haces tendrás que repetir la jugada varias veces.

Mientras conduce recuerda el libro que estuvo leyendo la otra noche, se supone que aquel manual de psiquiatría le ayudaría a entender algo, pero todas aquellas frases sobre indiferente papel no demostraban nada. Él quiere a su hijo, disfruta cuando hace el amor con su mujer o cuando esta le prepara algo que le gusta sin previo aviso. El día que tuvo que despedir a Perkins se sintió mal toda la tarde. ¿Y se supone que todo aquello no es real, que es fingido? Tal vez le falten conocimientos y años de estudio, tal vez él no esté en esas páginas, se equivocó de manual o puede, sencillamente, que nadie entienda que hay dentro de su cabeza. Él sabría si esta mintiendo, imitando, fingiendo…¿o puede qué no?

Su mujer se extrañó al ver el tema elegido para leer:

- Cariño, ¿y ese libro? Nunca te han gustado los libros escabrosos.

- No es nada truculento, simplemente pensaba que podía ser interesante estudiar otra carrera.

- Si, tal vez, pero no creo que tengas mucho tiempo, y…- ella ríe socarronamente-te confundirían con los profesores.

- Ey, no soy tan viejo.

- Vaya, a lo mejor lo que quieres es ligarte a unas muchachitas estudiosas.

Los dos rieron con la idea. Dejó el libro cerrado sobre la mesita, se equivocó al buscarse allí.

El semáforo se pone en rojo. El principal problema es que cada vez sus acciones se distancian más, profundos surcos oscuros que auguran abismos insondables recorren su espíritu. Ayer, un ayer que llega hasta este mismo minuto, corrió demasiados riesgos. Nota que es algo casi premeditado que no puede evitar y que no alcanza a comprender, ¿acaso quiere que lo atrapen? Si fuera eso, ¿no debería sentir culpa? Tal vez quiera mostrarle a todos lo que tienen tan cerca y no son capaces de ver, muchas veces ha imaginado sus caras, debatiéndose entre el horror y la sorpresa. Pero no puede ser eso, su vida, aunque extraña, como un cuento de fábulas donde uno es caperucita y el lobo a la vez, le gusta.

El semáforo cambia a verde. Vuelve el automatismo. Conduce con tranquilidad, aún tiene tiempo de sobra para llegar al trabajo. Nunca haría esto de día, ¿por qué lo hace? Analiza sus actos con curiosidad, pero con la misma curiosidad de un hombre que lee el periódico cada día.

La señal indica que faltan 15 kms para llegar. Entre casa y casa, cada vez hay más árboles, el sol aparece una y otra vez entre los edificios, casi intermitencia ya, mostrándose como el invitado sereno de una fiesta que al final dará el brindis que arrancará aplausos.

El camino de tierra hace traquetear al coche, meciéndolo como una niñera impaciente. Los bajos se llenarán de tierra, polvo, hierbas, tiene que recordar llevarlo al lavadero después de salir del trabajo. Debe revisar también los informes que le dejaron ayer sobre la mesa sin tardanza.

Ha llegado. La verja está rota. Dentro todo es herrumbre y abandono. Un coche sin ruedas, oxidado, el osario de una bestia muerta hace mucho. Hierbas amarillentas nacen entre los escombros de varios muros, se cuelan entre los ladrillos como el humo por la madriguera de un conejo. En mitad de toda aquella nada inerte, el ojo del cíclope, lleno de soledad y odio, un pequeño círculo negro dentro del cual el sol no se atreve a dar más de dos pasos. Un pozo, un miserable pozo con las entrañas llenas de agua estancada, negra y podrida. Algunos pájaros trinan en las ramas de los grises árboles que pueblan este escenario fantasma. Hay una paz triste en este sitio.

Abre el maletero, mira el fardo hábilmente atado con cuerdas, se lo carga al hombro, es muy pesado y realmente el ya no es tan joven. Debería hacer caso a su mujer, come demasiadas grasas y todo el día sentado.

La breve caminata hasta el pozo le arranca gruesas gotas de sudor. Deja el fardo cerca del pozo y comienza a desatarlo por la parte superior. Unos ojos marrones son deslumbrados por la naciente luminosidad, las pupilas se contraen pero no lo suficiente, el golpe fue excesivo y la mente no ha llegado a reordenarse. La mordaza ahoga las posibles cuestiones.

Mira la cara del muchacho, está pálido, tiene unas manchas de sangre seca que le nacen del pelo hasta las cejas. Intenta pensar en algo, pero esto requiere toda su atención. Lleva al muchacho hasta el pozo y lo empuja hasta la densa oscuridad, de cabeza al fin de la noche. Calcula que habrá unos dos o tres metros de caída, no mucho más. Oye un sonoro chapoteo cuando persona y agua chocan. En esa posición y atado el muchacho no tiene ninguna posibilidad.

Se queda mirando un buen rato pero no puede penetrar el velo negro. No hay más ruidos dentro. Espera un rato más, deseando que ocurra algo imprevisto, algo, lo que sea. Pero no ocurre nada más.

Dentro del coche enciende la radio. La gasolina vuelve a subir. Pronto costara más que le propio coche. Siente una leve preocupación, como tener una semilla entre los dientes y no alcanzarla con la lengua.

Al volver a la carretera reordena sus pensamientos y decide que, como es consciente de que nunca iría al gimnasio más de tres días seguidos, tal vez deba comprarse una de esas bicicletas estáticas. No pueden ser muy caras, no más que un litro de combustible. Se ríe ante su propia ocurrencia. Disfruta un rato de su sonrisa.

Pero la incomodidad no se va.