Ella habla, me gusta su boca, es muy grande y al sonreír parece el gato de Alicia en el país de las maravillas pero me gusta. Los labios son exactamente como deben ser y los lleva pintados de un rojo suave que los hace brillar como si fueran una herida reciente. Los ojos marrones se mueven mucho mientras habla, también sus manos, todo su cuerpo, es una chica muy expresiva aunque yo sólo miro su boca.

Me gustaría besarla, ella no me gusta, me gusta su boca, quiero sentir esos labios, su calidez, su humedad, pero claro, luego tendría que darle explicaciones a esos ojos, a esos brazos, piernas, cabeza, así que sigo escuchando y caminando y pensando en esa boca y en esos...

- ¿Qué pasa ahí?- hay varias personas mirando algo en el suelo, no son un grupo, solamente gente dispersa mirando hacia el mismo sitio interrumpidos en sus múltiples caminos, como si se hubiera posado un ovni en el suelo, todos esperando que a alguien que alguien haga algo, a explique lo que ha ocurrido. Yo también miro mientras pasamos, de refilón, como fingiendo que no me intereso por los asuntos de los demás, que no soy un curioso más.

En el suelo hay una mujer mayor vestida de negro, parece desmayada, no puedo evitar mirarle las piernas, tiene el vestido muy subido y veo que tiene las medias rotas, un zapato se le sale casi por completo del pie, decidiéndose entre caer o quedarse allí cogido. Su cara es la de una persona que se ha quedado tranquilamente dormida en el sofá. Pero hay algo que no entiendo, algo falla en su postura. Nos miramos unos a otros como detectives de pacotilla sin saber.

Ya lo entiendo, me costó, como un chiste tan sencillo que cuesta trabajo pillarlo- Vámonos, venga- ella lo ha entendido antes que yo, su boca está muda, el gato de Cheshire se ha ido. Levanto la vista y observo la azotea desde donde supongo que ha saltado la mujer. Unos siete pisos. Hemos llegado antes que la ambulancia, hemos sido más rápidos que la sangre.

Nos vamos en silencio, sin mirar atrás.

Lejos de allí, recuperamos la conversación que había quedado apresada como un río; al principio un pequeño hilo de agua luego se libera todo el caudal y fluye como si nunca hubiera conocido el encierro. Cenamos algo picante y tenemos que pedir muchas bebidas, las burbujas se mezclan en mi interior, imagino mi estómago como un campo de pruebas de artillería. Hacemos el amor en su casa, que está mucho mejor decorada que la mía. Al final besé sus labios, sus brazos, su cabeza, sus piernas, al final tendré que darles explicaciones a todos.

Me levantó en la penumbra y miro por la ventana, me encanta mirar desde las ventanas de los demás y descubrir otro trozo del mundo que nunca había visto antes, es como darse cuenta de que todo es más grande de lo que uno imagina. Me vuelvo hacia la cama, ella está tumbada, desmadejada como un títere con las cuerdas rotas. Siento un escalofrío en la memoria. Cojo un papel y un bolígrafo y en la penumbra escribo:

Bailarina de cristal quebrado

en el suelo terminas tu danza

y tus pasos, de reloj dislocado

marcan un tiempo sin esperanza.

Miro el papel durante un buen rato, no se me ocurre nada más, lo arrugo y lo tiro a la basura. Nunca seré un poeta. Vuelvo a la cama y me abrazo a la muchacha de sonrisa de gato. Se pega a mí en sueños y noto toda la vida que fluye en su interior. Tiene la piel cálida, sus labios entreabiertos dejan escapar el rumor del sueño. Su pecho sube y baja lentamente. Bajo la sabana se dibuja su cuerpo menudo. Hundo mi cara en su pelo que aún huele a champú y pienso que es hermoso existir.