El aparcamiento le hace pensar en un enorme cementerio, una fosa construida en hierro y cemento. Los coches se alinean como ataúdes vacíos. Antes de guardar las llaves en el bolsillo de su abrigo negro, activa el cierre del vehículo, de su ataúd particular, eso le convierte en algo extraño al salir de él, ¿no? ¿ un vampiro quizás? Plantado en mitad de esa oscuridad indiferente piensa en que aquí nunca llegaría la luz del sol. Podría cazar sin miedo a la mañana. Esa idea le hace sonreír.
Sigue las luces que le conducen hasta el ascensor. Prácticamente ya está en casa. Los números se suceden en el panel eléctrico como cada día, inmutables; el dos detrás del uno, el tres detrás del dos, siempre igual.
• Cariño, ¿Cómo fue la reunión?- el beso le sabe a perfume cuando su mujer le saluda.
• Bien, la gente empezó como siempre a discutir nimiedades y así hasta las tantas.
• Vaya.
• Si, siento haberte estropeado la cena.
• No te preocupes, he comido acompañada por nuestro pequeño hombrecito.
• ¿Dónde está?
• Jugando con la consola. Puedes calentarte la comida en el microhondas,
• De acuerdo, seguro que está deliciosa.
• Cariño.
• ¿Si?
• Estás dejándolo todo embarrado. Tienes los zapatos hechos una porquería.
• Si, eso parece- recuerda entonces el camino lóbrego junto al río, las hojas apelmazadas junto a la tierra mojada, los árboles silenciosos y muertos como atrezo de una opera, el río discurriendo lentamente con una luna incompleta reflejada sobre su tenebrosa superficie, de noche todo es tan irreal- Supongo que será de haber acortado por el césped al coger el coche. No me di cuenta de que estaba recién regado.
• No importa, quítatelos y le te los limpio.
• No, por favor, fue un descuido mío, yo los limpiaré cuando termine de cenar. No quiero que luego vayan diciendo por ahí que soy un machista.
• Ja,ja...vale. Voy a seguir viendo la serie.
Cuelga el abrigo, se quita la corbata gris a rayas y la cuelga en una percha, deja la camisa negra sobre una silla junto con el pantalón también negro y que tiene algunas manchas de barro en las perneras. Deja los zapatos en un rincón para limpiarlos mañana, aunque sabe que seguramente no lo hará y será ella la que lo haga al final. Tal vez al hacerlo descubra una mancha de sangre, o tal vez algún pelo largo y negro pegado, fantasea con esa idea mientras se pone la ropa de estar por casa. Tener un secreto no es divertido sino puede contarse alguna vez a alguien en algún momento.
El plato gira en el microhondas y él piensa en remolinos de agua. La carne está realmente sabrosa, su mujer es una excelente cocinera, tiene suerte de estar con ella, tan bella, tan dulce. Trocea el filete y prueba otro pedazo, esta vez mojado con un poco de salsa. Luego toma algo de ensalada y vuelve a atacar el filete. Los cuerpos tienen una consistencia aparente, parecen una unidad indivisible, única, y de repente un cuchillo, una piedra, los divide, nos muestra su fragilidad, bajo esa fachada un grumo rojo y espeso desea escapar como presos en un motín.
Mientras una mezcla de lechuga y maíz baja por su garganta, la imagen de un cráneo abriéndose aparece nítida en su mente. Incluso su brazo salta, vibra, con el recuerdo del golpe, como cuando en el duermevela intentamos esquivar un peligro.
Primero una cara, luego un cuadro cubista, luego gusanos, ¿luego la nada? Al igual que los números del ascensor, una serie que se sucede automáticamente.
• ¿A que estás jugando?
• Hola papá. Yo llevo a esa cosa que parece una ardilla, se llama Maxwell.
• Vaya, parece un bichito muy listo.
• Lo es. Tengo que hacer cosas con él porque sino no le devolverán a su novia.
• Vaya.
• Si, ahora tengo que ir rompiendo esas ramas para que caigan las manzanas.
• Manzanas- el brazo se rompió como una rama, ella gritó pero el pañuelo que le había metido en la boca ahogó su voz, es como si chillara bajo tierra, como si ya estuviera muerta y enterrada- ¿Hiciste los deberes?
• Si, papá.
• Venga, los dos sabemos que no.
• Je, je. Bueno, me dejé los de matemáticas, no me salen.
• Menos mal que tienes un padre experto en ese campo. Anda, acaba esa fase y te ayudo, ¿de acuerdo?
• Vale, papá.
Su hijo tiene los ojos azules al igual que su madre, limpios, inocentes. Su cara es redonda, inspira confianza, en los tiempos que corren se alegra de haber criado a un hijo como él.
Recostada en el sofá, su mujer ve la tele, hoy es miércoles así que emiten su serie favorita, algo sobre médicos, a él no le gusta demasiado pero le agrada verla con ella y acariciarle las piernas mientras en la pantalla actores de segunda fingen emociones de primera. Parece que hoy ocurre algo importante, uno de los principales personajes se muere. Cada vez que en una serie ocurre eso, él no puede evitar pensar en el actor o actriz diciendo “ joder, ahora tengo que buscarme otra cosa”. Al acabar su mujer tiene los ojos llorosos y se le abraza mimosa.
• Voy a lavarme los dientes.
• Yo tendré que hacer de nuevo de profesor de álgebra.
• No te quejes, te encanta.
• Je je, es verdad.
Finalmente su hijo duerme, apenas llevaban hechos la mitad de los ejercicios cuando empezó a cabecear, tal vez le exigen demasiado con todas esas asignaturas y cursos de natación, es muy pequeño aún para tantas actividades. Lo lleva en brazos a la cama y entre sueños le pone el pijama. Antes de salir observa como respira pausadamente con la boca entreabierta, la gente dormida siempre es bella…aspirar, expirar, respirar, expirar, expirar, expirar, expirar, él pecho sube y baja frenéticamente primero, buscando el aire, la vida, luego nada, nada, nada…su hijo duerme tranquilo bajo un techo pintado de un suave color naranja.
• ¿Terminaste?
• Más o menos. El pobre estaba agotado y se quedó dormido.
• Eres un padrazo.
• Hago lo que puedo con vosotros es difícil no querer ser el mejor.
• Hoy estás guapísimo, no sé, tienes como una mirada que me encanta...
• Tú siempre estás perfecta.
Se besan cariñosamente, poco a poco la maquinaria se va encendiendo, las pupilas se dilatan, se abren los poros, la respiración se acelera mientras buscan en los lugares comunes, donde el calor es mayor, donde las sensaciones son más intensas, más reales. Ella se coloca encima, su pelo castaño claro cae sobre la cara de él. Hacen el amor silenciosamente, ella ahoga el placer contra la almohada para no despertar a su hijo, él recuerda unos ojos rendidos a la evidencia, vacuos, como si hubieran sido abandonados en aquel cuerpo delgado y pálido sobre el cual él descargaba toda su brutalidad.
Acaban, se besan con el corazón aún desbocado. Ella se levanta y va al baño. Él contempla el techo, se oye el agua correr, al poco ella vuelve, apagan la luz y se desean buenas noches.
En la habitación flota una tranquilidad hermosa. Afuera todo el mundo está en paz, no hay ruido de tráfico, parece como si una serenidad beatífica inundara la ciudad.
El reloj digital, que le despertará dentro de unas horas, le mira con ojos de un rojo brillante y él piensa en lo sencillo que es ser un monstruo.
Curioso, no tenía ganas de que terminara... creo que es la tercera vez que lo leo.
Me gusta como escribes y me gusta lo que cuentas.