Cobot cruzó la calle. Una fina lluvia de mercurio caía sobre su chasis dorado. Apretó el paso, los pistones de sus rodillas sonaron fatigados: demasiado trabajo sentado. Bajo un portal consultó su esfera cuántica y determinó que le quedaban exactamente cinco tiempos para llegar al taller. Sobre él, los oxidados taxis y los modelos platedos de los ejecutivos circulaban por igual en el cielo encapotado.

Dos meses atrás su compañera se había marchado definitivamente. Ella le expuso una serie de diagramas y ecuaciones que demostraban la incompatibilidad de sus caracteres, él procesó los datos que parecían no tener ningún error esta vez. Asimiló los datos como “Razonablemente certeros” y determinaron separarse. Se devolvieron algunos recuerdos prestados y grabados en sus electrocerebros y borraron también todos aquellos un tanto comprometedores. Cobot se guardó unos cuantos sin que ella se diera cuenta, ese “razonablemente certeros” no era un “ Cierto en máxima orden” para él.
Una vez ella abandonó la casa y su hermoso cuerpo de caborita salió por la puerta con un escueto “Adiós”, él reordenó sus tareas y rellenó los huecos con otras tantas actividades que no practicaba desde que decidieron vivir juntos. Así volvió a calcular probabilidades en sus horas libres, una tarea que le fascinaba y que a ella le molestaba, cosa que nunco pudo procesar.
Un mes y medio después, mientras repasaba uno de aquellos recuerdos robados, empezaron aquellos extraños ruidos en su unidad de motivación vital, o como todos resumían, su corazón.. Evitando riesgos pensó que lo mejor era llevarlo cuanto antes a su mecánico de cabecera. Así que lo desconectó temporalmente, tendría que conformarse con limitar su actividad durante un tiempo. Lo envolvio con cariño en suave alambre y lo guardó en una bonita caja de plomo y con ella bajo el brazo salió a la calle.

“CERRADO POR ACTIVIDAD RADIOPÁTICA” advertía un cartel pintado torpemente a mano con neón.

-Parece que hoy no es mi día. Y justo mañana tengo el examen a navegante termodinámico. Un desproposito,en estas condiciones seguro que no me lo dan.- Miró la caja sobre la que empezaban a formarse charquitos plateados por la lluvia- Intentaré arreglarlo yo mismo esta noche.

El ascensor recorría las plantas como tantas otra veces, de manera tranquila; 1023-1024-1025-1026...Un vez en casa, calentó una lata de carburo y repasó el viejo libreto de instrucciones ante su abierto corazón.

-Menudo lío, apenas veo nada...parece que este cable debería ir aquí o acaso es que...vaya, este rojo será para...- probaba una y otra vez, tal o cual combinación. De tanto rascarse la cabeza la habitación empezaba a estar sobrecargada de electricidad estática.- Veamos, recuerdo cuando lo llevé a reparar por primera vez tras el cese de funcionamiento de Papá y este cable tan raro no lo recuerdo. ¿Oh, maldita sea!, es un imposible- desistió y se sento mirándolo con fijeza- Que viejo parece, tiene las paredes llenas de óxido y esa parte está totalmente quemada. Estaba tan reluciente antes, funcionaba de un modo tan musical- Pero en su computador de recuerdos ese “antes” estaba tan escondido que la función de busquedad daba error continuamente.

Lo cerró y atornilló. Repasó las veces que había tenido problemas con él, cuantas cosas había soportado aquel pequeño aparato. -Tendré que comprar uno nuevo. Mañana a primera hora, antes de la prueba. Es una lastima, los corazones de ahora no aguantan nada, a la mínima presión se rompen.

Guardó el corazón en un cajón de trastos. Le pareció tan pequeño y solitario entre tantas cosas insignificantes. Se recostó en la cama, tenía la cabeza llena de estática, no podía descansar así que decidió acelerar el proceso. Una vez conectado a su unidad REM sintió como sus baterías empezaban a descargarse lentamente. Sus ojos se apagaron con un zumbido azul.

Mañana sería otro día.