Al volver de su primer “salto” lo primero que le asaltó fue una dolorosa sensación de irrealidad. Ese mundo gemelo del suyo que había visitado se imponía de una manera sencilla y aplastante, su realidad cotidiana perdía consistencia. Los electrosensonres policiales, los efectos de los hipnofármacos en las cadenas de trabajo o la velocidad de los coches en la Avenida Central, todo era igual, un reflejo sin ondas que lo deformaran, pero en el tiempo al que pertenecía faltaba algo esencia y ahora lo sabía, no estaba ella, Escila, tan hermosa que dolía. Pero en un mundo donde la belleza es una obligación ciudadana, ser hermoso no puede tener mérito alguno y el cuerpo, adaptado a los criterios estéticos del momento mediante cirugía, no tiene mayor valor que cualquier prenda de ropa. La belleza de Escila nacía de estratos más profundos, de oscuros manantiales que asomaban por sus ojos marrones.
Al realizar ese salto de prueba, Grendel decidió arriesgar poco. Las cosas se comercializaban muy rápido hoy en día, demasiado, apenas unos controles mínimos y ya estaba en el mercado, listo para ser comprado, listo para joderte si se habían equivocado.
Ajustando el aparato a su cuerpo mediante unas elegantes correas de cuero, marcó en la pantalla táctil una diferencia de exactamente 24 horas hacia atrás. En un momento tan reciente y un ambiente tan conocido se sentiría seguro.
Allí él existía como aquí, confinado en una cárcel de normas y horarios,donde el salario era la cadena más perfecta. Pero una vez “saltara” él no era nada, su yo alternativo seguiría atrapado mientras que él podía saltarse todos los horarios, “Que se joda el trabajo” pensó.
Desde hacía unos meses, antes de dormir, la inutilidad y el vacío le llenaban de una manera tan absoluta, tan aterradora, que cualquier intento de esquivarla se estrellaba como un pájaro con las alas rotas. Los antidepresivos no funcionaban, las terapias electro-sexuales tampoco, ni siquiera la efectiva sonda Vulperrier. Todo había fracasado y cada jornada, antes de dormir, notaba como ese agujero en su mente crecía y crecía dejando escapar por el algo importante, quedándose hueco como un peluche roto.
- Estoy jodido, realmente jodido, atrapado, como un ratón en una trampa de ratones...mierda, ni siquiera puedo inventarme una comparación buena - decía mientras se tomaba su leche con vitaminas y las galletas dietéticas, sus ojos vagaban por el catálogo de compras que recibía cada semana. Un símbolo en dorado de un interesante tanto por ciento de descuento le llamó poderosamente la atención - ¿Una máquina del tiempo? pero eso es imposible- tal vez era hora de gastar mucho dinero, jugar con esas posibilidades que se le mezclaban en la cabeza, una palabra se formó claramente sobre toda la basura ideológica de ejercicios de abdominales, lociones hidratantes y horas extras: HUIR.
El aparato zumbó ligeramente mientras un brillo azulado nacía en sus engranajes. Grendel recordó las recomendaciones del prospecto y cerró los ojos ante “posibles mareos y desorientación momentánea”. El zumbido creció pero sin llegar a ser molesto, más bien era como un arrullo que le sumía en un agradable duermevela. Una sensación extraña le acarició el cuerpo, el zumbido murió. Al abrir los ojos todo permanecía igual en su apartamento, ordenado de una manera exacta y equilibrada, como en cada uno de los que componían los enormes edificios colmena de la zona Centro. Solamente las colillas esparcidas sobre la mesa y la mancha oscura en la esquina del sofá diferenciaban algo la estancia.
- Hoy limpie la mesa, esta mañana antes de salir, no tenía tabaco y aquí huele a tabaco recién fumado. Joder, a estas horas estaría en un atasco y...no puede ser...es ayer, es ayer...
Una vez comprobada la realidad del viaje gracias al reloj de su cocina y a las noticias en su televisor, decidió coger un expresoviario y visitar la zona norte de la megápolis que para él era como acercarse a un país extranjero. Con turnos de trabajo de 12 horas era imposible dedicarse a explorar nada que no estuviera a menos de 15 minutos de distancia. Era curioso, el trabajo que le monopolizaba era el mismo que le había permitido pagar esta máquina con la que obtenía tiempo, un tiempo extraño y anormal pero tiempo al fin y al cabo. Había que usarlo, gastarlo como un niño, aquí podría hacerlo, allí...allí era un hombre atado a un reloj de pulsera.
En la parte norte la densidad de tiendas era aún mayor que en su zona, debido tal vez a tener un carácter más residencial y de un nivel salarial más elevado. Algunos de los comercios que allí se encontraban eran únicos, Grendel movido por la curiosidad decidió visitar uno de ellos, una Asociación Benéfica y es que la necesidad de ser caritativo se podía cuantificar perfectamente como un producto más. El Estado era muy restrictivo respecto a sobre que temas o personas podía recaer la beneficencia. Evidentemente no sobre los pobres, tampoco sobre los deformes incurables o los ancianos pues el Estado ya les reservaba su hueco en la sociedad, un hueco profundo y alejado pues sus imágenes de espejo de feria emborronaban la belleza tan duramente alcanzada por todos. Quedaban algunas cuestiones sencillas en las que un ciudadano podía ayudar como podían ser “Protección de especies altamente complejas”, “Enseñanza en la Zona de Kriller” o “Reciclaje de Productos”, esta última resultaba bastante atractiva por lo cómico: tu dinero pagaba a un hombre que se dedicaba a escarbar en los vertederos en busca de algo que pudiera volver a ser útil de alguna manera.
Delante de una sociedad dedicada al Cuidado de Mascotas, Grendel recordó como, cuando apenas tenía 6 años, su padre abandonó en una gasolinera al perro de la familia, un diminuto animal de pelaje muy oscuro al que le brillaban los ojos cuando Grendel jugaba con él. Ahora entendía que los altos costes que conllevaba llevar un animal en un viaje programado o bien dejarlo en un centro de cuidados hicieron que su padre tomara tan drástica decisión. Lo entendía pero seguía sin aceptarlo,
aquellos ojos tristes y acuosos, el lastimero aullido del animal, Grendel se extrañó ante lo vivido de ese pedazo oculto de su memoria y del dolor que con el venía. Decidió entrar y preguntar. Tal vez en el pasado, aunque fuera un pasado de tan pocas horas, se pudieran ajustar cuentas pendientes.
Tras un mostrador de cristal impoluto, que dejaba ver unas piernas bien torneadas y morenas, estaba ella. Sus ojos eran de un marrón que recordaba a madera mojada por la lluvia. Su ropa encajaba de manera exacta con su cuerpo y el pelo le caía en unos rizos castaños que parecían pintados a la acuarela.
- Hola, buenos días señor. ¿Puedo ayudarle en algo?
- Si, desearía saber que puede hacer mi aburrido dinero por...
- Mascotas, señor, ellos nos dan todo y nosotros...- ella realizó un gesto con la cara, un sencillo gesto de pena que a Grendel le pareció auténtica poesía, tal vez por ser lo único mínimamente natural que había visto en esa década.
- Si, sé a lo que se refiere. Mi padre...- Grendel contó su historia sin ningún pudor, de manera infantil y sincera. Era la primera vez que entablaba una conversación que no fuera obligada por una estúpida campana laboral o que versara sobre alguna compra estúpida.
En el pequeño discurso sobre los animales con el que ella le respondió, las palabras “apoyo”, “necesidad”, “cariño” no resultaban tan vacías saliendo de sus labios. Ella era tan hermosa como cualquiera de las millones de almas femeninas que componían el tremendo esfuerzo del Estado por la belleza, pero había algo ahí, algo que los ojos no podían llegar a captar del todo y que dejaba una sensación amable flotando en la cabeza.
Grendel realizó un ingreso bastante aceptable pero sin ser excesivo y con el atrevimiento del que se siente en tierra extranjera y ha conseguido poner un pie en puerto, la invitó a almorzar.
Después de una amena comida, quedaron en casa de ella, cenaron juntos e hicieron el amor. Compartieron cigarrillos y fluidos. Se contaron cosas que les hicieron sentir solos, un par de lágrimas cálidas asomaron a los ojos de ella. Durmieron abrazados. Tal vez por mero cansancio, habían dejado de fingir y podían ser sencillamente dos seres humanos imperfectos.
Era un siglo de altas velocidades; cosechas de meses en semanas, cientos de personas complejas y vivas desaparecían con solo conectar un cable, un expresoviario tras otro llegaba a la estación sin un minuto de descanso. La vida era un catálogo de brevedades insoportables y el ser humano perdido en este violento devenir, necesitaba creer, al menos una vez en su vida, que algo podía ser perdurable, eterno.
Grendel y Escila se enamoraron. En una ciudad de 127 millones de personas, que una encontrara a otra era un imposible matemático. Pero allí estaban abrazados en la oscuridad, libres durante unas horas de la dictadura de lo perecedero.
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