Le pregunté cómo estaba y como siempre, sólo después de tres o cuatro frases irónicas y confusas, acertó a decirme la verdad, o al menos lo que ella creía que era la verdad.
Yo ya sabía como estaba, siempre me gusta tener la información antes que los demás, y por eso estaba sentado frente a ella, por eso tenía un precioso maletín de piel marrón sobre las rodillas.
Sus ojos eran ahora más oscuros aún que aquella tarde que la conocí en el café Salors, hace siete años. Parecía como si debido a su insomnio crónico, fuera acumulando en los ojos esas largas noches en vela, y la oscuridad de tantas noches se le fuera metiendo dentro hasta volverse negra la misma sangre.
La conocí delante de una infusión casi acabada y delante de un cigarrillo casi empezado, una simetría respecto a nosotros que en aquel momento no supe ver. Ella tenía seis años más que yo y había hecho todo lo que una persona debe hacer si quiere vender una buena biografía. Yo apenas era un proyecto humano, recién acabada mi carrera, descubría lo que es no tener nada en la cabeza. A ella le pesaba el pasado, a mí la ausencia de uno interesante.
Quisiera poder decir que nuestro romance fue algo extraño y mágico, pero la verdad es que aparte del sexo, no teníamos más en común que odiarnos cada día más. En humillar era una experta, yo aprendía rápido. A los 9 meses podíamos arruinarnos el día con una sola mirada. Al año, y después de rompernos el corazón entre polvo y polvo, nos separamos amistosamente claro; también habíamos aprendido a mentir y a sonreír en el momento adecuado.

Ahora ella estaba un poco más hundida en el mal, y yo intentaba quedarme donde estaba, pero era difícil, ganaba demasiado direno, bastante más del que necesita una persona honrada.

Cuando me reuní con ella, su café y su cigarro tocaban a campana de difuntos.

-Hola Cara, es evidente que recibiste mi mensaje y que mis condiciones y ofertas te han resultado aceptables.
-Evidentemente.
-Bien, eso me alegra, supongo que sabrás porque te he escogido a ti y no a cualquier otra de las zorras desesperadas que harían este trabajito.
-Sigues tan encantador como siempre.
-No me hace falta, ahora tengo una cuenta corriente bastante más larga que esas bonitas piernas tuyas.
-Los dos sabemos todo lo que hay que saber. Sólo dime cuánto.
-Ya sabes cuanto.
-Quiero oírlo, si lo lees son sólo números, si lo oyes son promesas...
-¿Y si lo tocas?
...
-He traído aquí una pequeña parte, bueno, pequeña en comparación con lo que ganarás, claro. - Sus ojos se volvieron un poco más oscuros, como los de un tiburón, un tiburón de cabellos dorados. – Y también he traído unas cuantas cosas más que te serán necesarias y que te daré siempre y cuando aceptes, claro.

Dio una larga calada, cenizas. Y miró por la ventana, afuera no había nada nuevo.

-De todos los amantes que he tenido, ninguno ha sido nunca tan bueno conmigo como el dinero.
-¿Eso es un si?
-Un si era que estuviera sentada aquí cuando llegaste, esto es sólo humo y palabras. ¿ Está la pistola también dentro?
-Si, y tranquila, todo legal, podrás justificar perfectamente llevarla encima gracias a la licencia y a la mercancía que hay en el maletín.
-Antes casi mentí. El dinero es lo mejor, pero los diamantes...los diamantes son Dios.

Sonreí ampliamente, me gustaba comprar, era mi trabajo, todo el mundo tenía un precio pero a veces no encontrabas la etiqueta o no podías permitirte el desembolso. Yo sabía buscar y podía pagar.