Los pájaros giraban en el cielo, siguiendo planes de vuelo que sólo ellos conocían. Las farolas calentaban sus corazones de electricidad. próxima ya la noche. Laika encendió un cigarrillo haciendo pantalla con una de sus manos. La maleta a sus pies estaba gastada y aún conservaba la etiqueta del aeropuerto. Laika miró a la ciudad, pero ésta no le prestó ni la más mínima atención. Era una metrópolis vieja y gigantesca, consumida por las prisas y el cemento, en ella se habían olvidado del susurro de los árboles, del temblor de las mareas. Laika era un alma más entre tres millones de cuerpos fatigados.
Por su boca recién pintada escapó el espeso humo del tabaco. Miró su tarjeta de embarque, ya totalmente inútil para quien no guarda recuerdos, y pensó en su ciudad, casi una miniatura comparada con la tremenda urbe en la que ahora posaba sus pies. Decidió caminar antes de buscar un lugar donde dormir, conocer un poco estas calles que esperaba le fueran pronto familiares.

Carteles inmensos anunciaban bebidas reconstituyentes, escaleras que descendían vomitaban personas constantemente para poder seguir tragando otras, (el metro pensó ella y se asombró), mujeres vestidas a la moda y con las miradas cansadas hablaban de cócteles y hombres, en los escaparates pudo ver más trajes que los que ella y todas sus hermanas pudieran tener, cerca de ella un hombre trajeado miró su reloj y luego utilizó un móvil de última tecnología. En el cielo cada vez más fúnebre, un helicóptero cruzó a gran altura.
Al cabo de un rato le entró hambre y decidió entrar en alguno de los restaurantes más modestos que había. Por fin encontró uno que parecía limpio y cuyo menú resultaba bastante asequible.
Casi todas las mesas estaban ocupadas, en ellas se sentaban en su mayoría trabajadores que habían acabado su jornada, gente modesta que comían en silencio y solamente levantaban de vez en cuando la cabeza para mirar la televisión que llenaba el local con la voz clara de una mujer bien vestida.
El camarero le tomó nota sin mirarla apenas a la cara.

“Estoy sentada sola en el restaurante sin nadie a quien saludar en muchos kilómetros a la redonda”- un ligero retortijón le nació en el estómago.
Comió tranquilamente sin pensar en nada concreto: “ Corto un pedazo de lomo con el cuchillo, lo pincho, también un par de patatas, me lo meto en la boca y mastico, doy un sorbo a la coca cola, soy Laika y estoy comiendo”.
Fuera, la noche marcó nuevos turnos de trabajo y programas televisivos.
Al terminar, pidió la cuenta, pagó y salió a la calle. El peso del equipaje le hacía daño en el hombro.
“No debería haber metido el secador y tanta ropa, pero claro, necesito estar presentable si quiero encontrar algo”
Sus zapatillas de deporte blancas y negras pisaban cada baldosa de la calle como si fuera algo nuevo y mágico, y a la vez peligroso, como si hubiera entrado en un laberinto fascinante donde en alguna parte un horrendo monstruo estuviera escondido.
“Todos caminan muy rápido, quieren llegar a algún lado, yo también lo hago, como si me hubiera montado en un cohete ,aunque no sé muy bien a donde quiero ir”

En la carretera se formaba el atasco diario de las diez, dentro de cada coche se desarrollaba una escena, aunque casi todas tenían en común caras de aburrimiento, un aburrimiento cotidiano y conocido, como un amigo al que uno visita por obligación.
Sonaron algunos claxon, se oyeron voces airadas discutir, de los bares abiertos salían todo tipo de ruidos, la mayoría de la gente que caminaba ahora por las calles eran muchachas jóvenes que reían con las caras recién pintadas, y también grupos de chicos con las caras serias intentado ser un poco más adultos.

Tanto, había tanta vida en aquellas amplias avenidas que se sintió pequeña e insignificante. Decidió caminar por los callejones aledaños. En uno de ellos encontró un descuidado parquecito y se sentó en el banco de madera que más intacto estaba.
Repasó varias direcciones en un papel que sacó del bolso e hizo inventario mental de las cosas que tenía que hacer y visitar para encontrar rápidamente un trabajo. ”Apenas me quedaba tabaco” pensó mientras se colocaba el cigarrillo en los labios y guardaba el paquete en el bolso.

-Oye, dame un cigarro.
-¿Cómo?
-Que me des tabaco.
-Lo siento, es que no me queda casi.
-Anda, venga, seguro que tienes, joder.
-Lo siento pero...
-Déjame mirar el bolso y verás como tienes.
-Oiga, no...
-¡DÉJAME MIRAR,COJONES!

El hombre de mirada oscura le tira del bolso, un regalo de cumpleaños de su hermana mayor, ella se aferra con desesperación a las pocas cosas conocidas que le quedan. Él huele a sudor, su aliento tiene algo de podrido y malvado, en ningún momento se miran a los ojos. “El dinero, el dinero,sujeta el bolso, las direcciones, el dinero, no no no no, grita grita GRITA”. Laika empieza gritar “ladrón” y “no” con una vocecita infantil. Algo brilla entre los dos, algo brillante y afilado, como un trozo de pesadilla. Laika siente una sensación rara en el estómago, sin saber por qué le flaquean las piernas y cae al suelo. El hombre coge el bolso pero ni siquiera repara en la maleta, sale corriendo mirando a todas partes. Laika se siente débil, “Levántate” piensa, pero no puede. Nota que algo le resbala por la barriga, tiene el costado húmedo, “Me he caído en un charco”, siente nauseas y la mirada se le nubla. Una sombra difusa empieza a velarle los ojos. La sencilla farola le parece una luna borrosa y distante. El cielo, los edificios, los mismos sonidos, se funden y se vuelven negros, como si estuviera siendo arrojada al espacio más profundo. El cuerpo le tiembla y apenas puede pensar “No te duermas, cogerás frío aquí tirada”.
Se siente como una cometa abandonada, volando fuera del mundo, olvidada en la oscuridad manchada de estrellas.