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La Coctelera

Categoría: Hotel

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Habitación 205

-Este sitio no me gusta nada, una mujer de mi clase no está acostumbrada a estos tugurios.
-Señora Fanfard...
-Por favor, ya le dije que nada de nombres ni apellidos.
-....si, disculpe. Lo que decía...exactamente esa es la intención, que nadie imagine que usted pueda estar aquí. En estas habitaciones hay de todo y poco bueno, la mayoría son camas de un polvo rápido, por eso la pantomima de abajo- dijo sentándose en la única silla del pequeño dormitorio.
-Si, lo comprendo, pero tenga cuidado, otro grosero detalle de esos...
-No se preocupe, no se repetirá. Pero ha funcionado, seguro, el hombre de recepción no ha visto nada más que a otra pareja que ha subido a...
-No se confunda, ese hombre lo único que ha visto ha sido esto – y señaló sus pechos – apenas ha mirado el dinero cuando usted lo ha dejado.
-Bueno, es algo comprensible.
-Claro que sí, unas tetas como estas cuestan más que este cochino edificio. Todo este cuerpo vale más que las joyas que ve usted en muchas tiendas. He invertido en múltiples cosas, y nunca me he equivocado.
-No lo dudo.
-Bueno, ya le he dado toda la información que necesitaba ,¿cierto?.- Él abrió la carpeta negra que ella le había dado hace una semana y ojeó algunas de las páginas.
-Si, sus rutas, costumbres, dónde tiene las próximas actuaciones, todo al detalle, incluso cosas que, aunque no hacían ninguna falta, ha sido divertido leer- río entre dientes.
-No se ría, no es cosa de broma- dijo ella. Él levantó la vista y la miró, era una mujer esbelta, que aparentaba unos 35 años aunque ya pasaba bastante de largo de los cuarenta. Llevaba un sencillo vestido marrón, que pese a intentar transmitir pobreza como él le había pedido, se notaba inmediatamente que era de muy buena factura.- Ese hombre del que usted se burla va a morir, ese hombre me lo ha dado todo durante 15 años, mucho más de lo que la mayoría de las personas llegan a disfrutar.
-Lo siento, señora, con estas cosas siempre es mejor reírse cuando pueda, nunca se sabe si mañana será a uno mismo al que señalen con un dedo de plomo.
-Al menos contrólese delante mía.
-Pero tengo curiosidad, por una cosa señora Fanf...señora...
-¿ Si ?
-Veo que respeta a este hombre, a su marido, y dice que se lo ha dado todo durante todo ese tiempo, entonces por qué quiere...
-Porque me lo ha dado todo, pero yo quiero más.

Un pesado silencio cayó sobre ellos. Era una buena razón, él había oído otras mucho peores. Sacó un cigarillo del bolsillo superior de su chaqueta gris. Nunca encontraba el mechero. Bien mirado, que alguien pagara un millón por liquidarte era un acto de amor, la mayoría de la gente lo hacía gratis continuamente.

En la habitación contigua un lamento creció hasta convertirse en un grito -¿ Qué demonios es eso ? - uno tras otro los aullidos se sucedieron- Lo que menos necesitamos ahora es vernos metidos en algún follón. ¡Coja su abrigo, vamos!- ella obedeció con fría rapidez.
Mientras bajaban las escaleras, sus tacones dejaban leves huellas en la sucia moqueta roja. En el pasillo que acaban de abandonar, se abrieron varias puertas. En recepción, un hombre mayor hablaba a voces con el recepcionista y con dos muchachos de aspecto violento y que parecían hijos del primero. Cogieron algo de debajo del mostrador y se dispusieron a subir.
Afuera, localizaron rápidamente un taxi - Dentro de tres días, señora. Tres días- ella se montó y él caminó en la dirección contraria.
Lejos de ellos, un sirena ululó como un búho mecánico al que se le hubiera roto algo dentro.

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Habitación 201

Era tan bonito, tan pequeño, con aquellas manitas que agarraban mi dedo volviéndolo la cosa más importante del mundo, eran tan lindos sus ojos cuando me miraban, tan reconfortante su risa, mi bebe, tan hermoso cuando dormía, mi bebe...tan...frágil...

Creo oír ruidos, gritos, pero me parecen tan lejanos como el chocar de rocas en la Luna. Me levanto pesadamente de la cama, me duele tanto el cuerpo, tanto el corazón, mis pies se arrastran hasta la puerta, pero antes de llegar a ella veo por el rabillo del ojo algo que me desconcierta. Un ser demacrado, con los ojos hinchados y la piel pálida está allí, en el espejo, intento recordar como era mi cara antes, pero me resulta tan difícil que dejo de intentarlo. Abro la puerta, hay varias personas asomadas también...si, son gritos, siempre hay gritos, recuerdo los míos propios cuando mi pequeño...cierro la puerta y vuelvo a la cama. La almohada esta húmeda, ya ni siquiera noto cuando lloro y cuando no.

Era tan bonito, tan hermoso, era mío, mi bebe, tan pequeños sus pies, sus ojos tan limpios, parecía de porcelana, tan lindo...tan frágil...

Fuera, casi en otro mundo, una sirena entona una desagadable nana.

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Habitación 202

Desde el espejo, sus ojos verdes le espiaron. Notó la frialdad de la máscara en sus manos, se la colocó y volvió a mirar, esta vez encontró algo nuevo frente a él. Se ajustó la corbata y comprobó los puños de su camisa.
La muchacha sentada en la cama lo miraba con curiosidad.

-Profesor, es una máscara preciosa...
-No, no lo es, es mi cara, ahora es eso, antes puede que sólo fuera un trozo de madera pero ya no.
-¿Cómo?
-Es sencillo, mi niña, las máscaras esconden algo vivo dentro, o mejor dicho, las máscaras nos permiten descubrir facetas que ocultamos y que por unas razones u otras, no nos atrevemos a vivir- él se volvió y caminó hacia la maleta que había dejado sobre la silla, la abrió y sacó de él un hermoso vestido rojo de encaje de aspecto muy infantil- Toma, mi niña, es para ti, póntelo, por favor- ella lo cogió y fue hacia el baño- Espera, toma también esto- y le dio unos zapatos de charol a juego con el vestido.
-De acuerdo, profesor.
-Las máscaras- continuó- son la llave que abre la puerta a cosas que sentimos y pensamos. Esas cosas muchas veces nunca ven la luz y se pudren, así que la persona que las atrapa dentro, poco a poco se envenena. Existen muchas máscaras, tantas que sería estúpido contarlas, a veces no tienen una forma concreta, pueden ser un uniforme, un cargo, una forma de hablar, pero todas funcionan como te he dicho, como una llave. Esa llave puede abrir o cerrar esa puerta para mostrar u ocultar.
-Póngame algún ejemplo, por favor- gritó ella.
-Un encapuchado que golpea en el suelo a otro hombre puede ser un individuo perfectamente normal que sin ese anonimato no sería capaz de dar rienda suelta a esa violencia.
-Así dicho, parece que las máscaras sólo muestran lo malo.
-Si, en ese ejemplo puede parecerlo. Pero pongámonos en el lugar de un enamorado que finge indiferencia hacia la persona querida para no descubrirse, en este caso la máscara serviría para cerrar esa puerta y protegerse.

La puerta entreabierta dejaba ver la sombra femenina sobre la pared del baño. Delgada y oscura lidiaba con la tela. En la radio sonaban canciones de amor pasadas de moda. Finalmente salió. El sonrió bajo la negra máscara mientras ella, fingiendo una súbita vergüenza, miraba sus zapatos y se balanceaba sobre la punta de sus pies.

-Profesor, ¿por qué no puedo llevar también yo una máscara?- dijo acercándose a él he intentado insuflar a su tono una inocencia que ya no tenía.
-Mi niña, porque no hace falta. Tú no necesitas ser otra persona para las cosas que vas a hacer esta noche.
-¿Seguro que no?
-Estoy totalmente seguro de ello.

Ella recorrió con su uña pintada las lineas de plata que remarcaban la sonrisa y los bigotes gatunos. Beso los falsos labios y dejó una marca roja sobre ellos. Sus jóvenes manos recorrieron cada botón, como si de las teclas de un piano se tratase. Él sintió un latido en su gastada sexualidad.

-El hombre que te ha traído aquí, que ha alquilado esta habitación, comprado ese vestido y mentido una y otra vez a sus compañeros, no es la misma persona que ahora tocas, la persona que soy ahora no tiene miedo a las amenazas de tu padre ni a esas ridículas leyes y moralinas que dicen que no puedo hacer lo que voy a hacerte.
-¿ Y qué va a hacerme, profesor?- dijo fingiendo pucheritos con la cara.

Mientras sus manos avanzaban, como respuesta, hacia aquellos diminutos pechos, en el pasillo un grito terrible inundó el aire. Ambos quedaron en suspenso como un dúo de mimos. Pudieron sentir la sangre latiéndoles en las venas. Los corazones parecieron latir más despacio. Incluso la radio pareció enmudecer. Un nuevo grito aún peor que el anterior les volvió a dar movimiento, un ritmo feroz. Él corrió hacia la puerta, ella intentó agarrarlo de la cintura para que no fuera.
Desde el fondo del pasillo, un hombre mal afeitado le miraba, sus ojos se encontraron en aquel momento irreal. Otro hombre se unió a la escena, con su enorme cuerpo desnudo ocupando casi por completo el marco de la puerta. Los gritos se habían convertido en una lluvia que caía con fuerza golpeándoles la mente. Otra puerta se entreabrió apenas para cerrarse casi inmediatamente. Ella tiró de su chaqueta. Él sintió aquel suave cuerpo apretarse contra el suyo.
El gigante desnudo cerró su puerta y él convino que era la mejor opción.

-¿Qué crees que pasa?
-No lo sé, las puertas...las máscaras, encierran cosas debajo que a veces es mejor desconocer.
-Mejor no meterse. Nosotros a lo nuestro, ¿no?
-Claro, mi niña- realmente había acertado con ella.
-A lo nuestro, profesor, a lo nuestro- una de sus pequeñas manos lo llevó por la corbata hasta la cama para luego darle un fuerte empujón. Cayó pesadamente sobre la colcha – Empecemos con algo fácil, profesor, y veamos quien puede enseñar algo a quien- dijo mientras subía el volumen de la música.

Apagados por una canción sobre un corazón roto, violentos golpes arreciaban contra una puerta.
Ella, levantándose el vestido, se colocó a horcajadas sobre él. Besó aquel ficticio rostro felino. Sus rizos castaños caían como una cortina, ocultando el recorrido que su lengua trazaba sobre la camisa abierta de él. Mordió un pezón hasta hacerle manar una gota de sangre. Él se estremeció y apretó más su cadera contra el calor febril que crecía allí abajo. Ella sintió su impaciencia y sonrió.
Se oyeron tres pequeñas explosiones mientras ella le quitaba la chaqueta y la tiraba en un rincón. Su pene, erguido contra el tiempo y el cansancio, se rozó contra las bragas ocultas bajo la falda. La máscara sonreía, él y ella también. Los tres actuaban en un teatro secreto muy antiguo.

Muy lejos, una sirena aulló mientras entraba dentro de ella.

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Habitación 208

Desde el fondo del pasillo, un hombre trajeado y con una máscara de gato le miró. Detrás de él, una muchacha espiaba por debajo de sus brazos agarrada a su cintura.
En otra puerta situada justo enfrente, un hombre corpulento se asomó, su enorme barriga se adelantaba más que su propia cabeza. Una espesa capa de vello le cubría desde el pecho hasta los genitales, tan oscuros como los calcetines que llevaba, los cuales eran todo su vestuario.
Otra puerta más lejana apenas se abrió un palmo, e inmediatamente se cerró.
Los gritos resonaban espeluznantes, incansables, ahogados levemente por las débiles paredes del edificio. Escuchaban contando el tiempo entre alarido y alarido como si del trueno y el relámpago se tratara. Abajo, en el vestíbulo se organizó un gran revuelo y unos pasos apresurados empezaron a sonar por las escaleras.
Unas voces femeninas llamaron al gigantón velludo, éste tras dar una calada a su espeso puro, cerró la puerta. El hombre enmascarado y su compañera lo imitaron.
Él decidió no desentonar y volvió la seguridad ficticia de su habitación. Dentro, su amante lo miró interrogativamente. Recostada sobre la cama, fumaba lentamente. La mayoría de su ropa colgaba perfectamente doblada en una silla cercana. Únicamente llevaba puestas una camiseta interior y unas sencillas bragas, ambas eran de color negro. Entre sus muslos se mantenía torcida una copa ya vacía. Sus pezones endurecidos se marcaban perfectamente bajo la tela.

Fuertes y decididos pasos llegaron por el pasillo, se oyeron voces airadas y fuertes golpes sobre la madera de una puerta. Los gritos cesaron con el primer golpe.

Ella le acercó la copa y él la rellenó con la botella de champán, aún fría, que había sobre la mesita. El humo volvió a salir de su boca como si ella misma estuviera llena de él. Él pensó inmediatamente en la caida del Hindenburg. Si, aquellos pechos eran como dos hindenburgs gemelos, también ardían y quemaban, y podían llevar a la ruina a quien se atreviera a usarlos.

En el pasillo una puerta crujio y cedió. Algo cayó al suelo y se quebró en la habitación asediada. Indiferente a esto, una canción de amor despechado continuaba en otro de los dormitorios de aquel pasillo.

Ella le dijo que se acercara y le pasó la copa. Él dió un sorbo corto mientras intentaba discernir lo que gritaban las voces del corredor. Ella se sentó tranquilamente en el borde de la cama, le quitó el cinturón y le desabrochó los pantalones, acarició lo que había ocultó dentro y luego le bajó los calzoncillos a la vez que su boca le apresaba suavemente el glande, que se mostraba hinchado y de un fuerte color vino. Dió otro sorbo al champán, a la vez que las burbujas le corrían por la garganta ella aceleró el movimiento de su cabeza.

Las voces hablaban ahora muy rápidamente, confusas y apenas audibles. Hubo un extraño momento de silencio y luego se escucharó algo así como dos petardos. Hubo un grito y otra detonación.

Desde arriba, él podía ver su pelo castaño derramarse sobre los hombros y la espalda, formando un curioso movimiento como de marea. Metió una mano bajo su camiseta y apretó con fuerza una de sus tetas. Se imaginó montando en aquel dirigible, volando sobre campos prebélicos. Vió llamas en blanco y negro consumirlo y cayó cayó cayó cayó cayó cayó...ella le quitó la copa de la mano y una mezcla de semen y champán bajó por su garganta.

Hizo el cálculo de lo que le costaría aquel imaginario viaje en dirigible y sintió una mezcla de satisfacción y tristeza.

Muy lejos, una sirena gimió una canción de muerte.