Fue fácil encontrarle y sorprenderle, visitaba los mismos lugares que yo había visitado, tenía mis mismas costumbres arraigadas en su corazón, así que cuando él se disponía a subir a un coche idéntico al que yo había tenido antes, estaba esperándole. Le saludé como si de un viejo amigo se tratase mientras le apretaba el cañón del revolver contra el estómago. En sus ojos pude leer muchas cosas, pero aunque el terror que veía en ellos me alegraba enormemente, aquel halo de reconocimiento que flotaba en sus pupilas al mirarme, me desagradó en exceso, de tal modo que casi pierdo el control y le disparo allí mismo.
Le ordené subir al coche y a que condujera por donde yo le iba guiando, él aceptó, no le quedaba otro remedio, yo hubiera actuado igual. Sus manos temblaban, las mías también. Intentó hablarme y se lo impedí con violencia golpeándole el hombro con la culata del arma, su voz me resultaba aterradora,pues era como una grabación de la mía, algo a la vez muy cercano pero distorsionado.
Llegamos al barrio donde yo vivía, esas calles eran egoístas y no se preocupaban por nada ni nadie, un hombre podía morir en ellas y únicamente los basureros repararían en su cadáver. Subimos las escaleras, él cojeaba ligeramente de una pierna, tal vez hubiera tenido un accidente esquiando al igual que yo lo había tenido hace siete años. Le dí mis llaves y él abrió la puerta.
Entramos, el apartamento era una ruina, el antro de una alimaña. Fuimos al salón sin encender ninguna luz, las farolas exteriores daban la claridad suficiente a la habitación. Le dije que se sentara en uno de los dos modestos sofás, yo ocupé el contrario y nos miramos cara a cara durante unos minutos eternos. Afuera, una lluvia fina y helada se estrellaba contra los sucios cristales del comedor. Disparé a donde creí que estaría su corazón, se sorprendió, tal vez esperaba algún tipo de explicación. Disparé de nuevo. Un hilo delgado y oscuro empapó su hermosa camisa, su cabeza cayó a un lado, parecía un hombre cansado que hubiera decidido echar una siesta. Di gracias a que hubiera cerrado los párpados y no tuviera que aguantar más aquellos ojos.
Miré su cara y sentí un repentino y profundo temor. Estaba hecho.
Me levanté y pegué mi frente a la ventana, intentaba pensar en muchas cosas pero me sentía terriblemente confuso, un alud de extraños pensamientos golpeaban mi cráneo, no estaba seguro de quien había matado a quien, ¿acaso no era aquel cuerpo muerto idéntico al cuerpo que estaba de pie, aún vivo, no habían llevado similares existencias?...siendo así. ¿podría decirse que había sido un suicidio?...una nausea horrenda me encogió el estomago. Intenté recordar de nuevo aquel primer encuentro en la cola del teatro, pero no sabía ya si yo era aquel que miraba a un hombre o si yo era el hombre al que miraban. El dolor del vientre hundió más sus raíces en mí, mi pecho se encontraba como sepultado bajo un derrumbe de piedras. En aquel restaurante, ¿quién había ido al servicio y quién se había marchado?...Dejé la pistola caer al suelo, vacía ya, su prole estaba sepultada en el pecho del Otro...¿o de mí?. Mi cabeza se llenó de muchos recuerdos, tantos como para llenar dos vidas, me arrodillé como un santo que ha perdido la fe. Mi corazón latía atravesado por un ejército de espadas. La lluvia se hizo más intensa.