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La Coctelera

Categoría: El Otro

El Otro - tercera parte

Fue fácil encontrarle y sorprenderle, visitaba los mismos lugares que yo había visitado, tenía mis mismas costumbres arraigadas en su corazón, así que cuando él se disponía a subir a un coche idéntico al que yo había tenido antes, estaba esperándole. Le saludé como si de un viejo amigo se tratase mientras le apretaba el cañón del revolver contra el estómago. En sus ojos pude leer muchas cosas, pero aunque el terror que veía en ellos me alegraba enormemente, aquel halo de reconocimiento que flotaba en sus pupilas al mirarme, me desagradó en exceso, de tal modo que casi pierdo el control y le disparo allí mismo.
Le ordené subir al coche y a que condujera por donde yo le iba guiando, él aceptó, no le quedaba otro remedio, yo hubiera actuado igual. Sus manos temblaban, las mías también. Intentó hablarme y se lo impedí con violencia golpeándole el hombro con la culata del arma, su voz me resultaba aterradora,pues era como una grabación de la mía, algo a la vez muy cercano pero distorsionado.

Llegamos al barrio donde yo vivía, esas calles eran egoístas y no se preocupaban por nada ni nadie, un hombre podía morir en ellas y únicamente los basureros repararían en su cadáver. Subimos las escaleras, él cojeaba ligeramente de una pierna, tal vez hubiera tenido un accidente esquiando al igual que yo lo había tenido hace siete años. Le dí mis llaves y él abrió la puerta.
Entramos, el apartamento era una ruina, el antro de una alimaña. Fuimos al salón sin encender ninguna luz, las farolas exteriores daban la claridad suficiente a la habitación. Le dije que se sentara en uno de los dos modestos sofás, yo ocupé el contrario y nos miramos cara a cara durante unos minutos eternos. Afuera, una lluvia fina y helada se estrellaba contra los sucios cristales del comedor. Disparé a donde creí que estaría su corazón, se sorprendió, tal vez esperaba algún tipo de explicación. Disparé de nuevo. Un hilo delgado y oscuro empapó su hermosa camisa, su cabeza cayó a un lado, parecía un hombre cansado que hubiera decidido echar una siesta. Di gracias a que hubiera cerrado los párpados y no tuviera que aguantar más aquellos ojos.
Miré su cara y sentí un repentino y profundo temor. Estaba hecho.
Me levanté y pegué mi frente a la ventana, intentaba pensar en muchas cosas pero me sentía terriblemente confuso, un alud de extraños pensamientos golpeaban mi cráneo, no estaba seguro de quien había matado a quien, ¿acaso no era aquel cuerpo muerto idéntico al cuerpo que estaba de pie, aún vivo, no habían llevado similares existencias?...siendo así. ¿podría decirse que había sido un suicidio?...una nausea horrenda me encogió el estomago. Intenté recordar de nuevo aquel primer encuentro en la cola del teatro, pero no sabía ya si yo era aquel que miraba a un hombre o si yo era el hombre al que miraban. El dolor del vientre hundió más sus raíces en mí, mi pecho se encontraba como sepultado bajo un derrumbe de piedras. En aquel restaurante, ¿quién había ido al servicio y quién se había marchado?...Dejé la pistola caer al suelo, vacía ya, su prole estaba sepultada en el pecho del Otro...¿o de mí?. Mi cabeza se llenó de muchos recuerdos, tantos como para llenar dos vidas, me arrodillé como un santo que ha perdido la fe. Mi corazón latía atravesado por un ejército de espadas. La lluvia se hizo más intensa.

El Otro - segunda parte

Las noches se volvieron un torbellino violento donde todo se mezclaba; alcohol, furcias, peleas sin sentido que acababa perdiendo... cuando dormía ( cosa que normalmente sólo lo conseguía después de consumir una gran cantidad de whisky ), las pesadillas se cebaban en mí, sigo sin poder recordar ninguna , una única imagen es la que acude a mi mente cuando intento rememorar esos despertares nocturnos y confusos: yo, despierto y sollozante en la cama, agarrando mi cara con ambas manos mientras gritaba: “Es mía, es mía, es mía”.

Tenía dinero, supongo que por alguna paga debido a mi enfermedad, del seguro o algo parecido, yo nunca me molesté en ahorrar.
Mi apartamento era cada vez más parecido a la cueva de un animal salvaje. Y poco a poco mi aspecto se fue acomodando a los suburbios que se habían convertido en mi nuevo telón de fondo.

Mi corazón resistía e incluso parecía complacerse en esa degradación tan devastadora que me llevaba por caminos insospechados cada día. Mi memoria se fragmentó, era un legajo manchado que pretendía ser un libro completo. Un día no pude encontrar mi coche, no podía recordar cual había sido la última vez que lo había usado. Ni siquiera me molesté en denunciarlo.
En algún momento me mudé de mi lujoso apartamento a un piso mucho más modesto de la periferia.
También empecé a trabajar en un empleo muy por debajo de mis posibilidades y para cuando fui realmente consciente de ello, la gente parecía conocerme y haberme cogido cierto aprecio, como si llevara años allí. Yo era aquel hombrecillo gris y triste que les recuerda a los demás que no deben quejarse, que sus vidas no son tan horribles como podrían serlo. Iba con mi gastado maletín a resolver sencillas cuestiones burocráticas e incluso a veces me permitía comer en alguno de mis antiguos restaurantes, pero nunca pude volver a mi anterior despacho o a visitar a mis ex-compañeros, el miedo cuajado de odio me lo impedía.

En una de aquellas visitas de añoranza, lo vi. Caminaba por la calle acompañado de una hermosa mujer, también la reconocí a ella, era una de mis amantes esporádicas de aquellos tiempos ahora tan lejanos. Él fumaba des preocupadamente y hablaba con voz fuerte, vestía mejor que la última vez que lo había visto. Ella reía exageradamente sus gracias. Pasaron a mi lado sin mirarme siquiera, yo era una nulidad, como una farola más en la calle. Los odie tan profundamente que me dolió el pecho.

Después de aquello, hubo una autentica laguna, negra como la pez, donde se hundieron demasiados días. Posiblemente hubiera bebida, toda la que se pudiera pagar, y violencia, pues cuando recuperé algo de cordura, mi labio estaba salvajemente partido y mis manos, antes tan cuidadas y hermosas, se hallaban despellejadas y maltrechas.
Me encontraba en mi cuarto, sin saber cómo. Me levanté, las sábanas estaban sucias y, en algunos lugares, descosidas. Fui Uno de los dientes se movía peligrosamente. Volví a la cama, me senté sin pensar en nada y fui quitándome la ropa.

¿Qué coño había pasado con mi vida? ¿en qué momento se había torcido todo? lo recordé a él y apreté los puños con ira, desde que él se había cruzado en mi vida todo se había derrumbado. Unas lágrimas ardientes cayeron al suelo. Golpeé la pared. No me quedaba nada, me quite la camisa, los pantalones, todo, y los fui tirando por la habitación, eran cosas vacías sin mí dentro, yo me encontraba igual. Me tumbé en la cama, miré mi reloj de pulsera, estaba roto, parado en un presente perpetuo. Me lo quité y lo metí en el cajón de la mesita que estaba junto a la cama. Al hacerlo, algo duro y frío me rozó las manos. Me incorporé y miré dentro. Allí estaba, como un don de los dioses, sencillo pero terrible. Me reflejé en él, igualmente duros y fríos eran mis ojos, él sólo tenía uno, oscuro y profundo. Lo cogí con delicadeza, como el que recoge un pájaro del suelo. El revolver era pesado, más de lo que uno creería, pero curiosamente, me aligeró el corazón.

El Otro - primera parte

Creo que no me equivoco si digo que fue hace casi un año cuando lo vi por primera vez. Puede que antes lo viera fugazmente por la calle o en algun bar, una de tantas caras anónimas que desaparecen delante nuestra a diario, tragadas por el voraz ritmo de esta ciudad.
Recuerdo perfectamente que llovía igual que lo hace hoy, una lluvia fina y helada, pero en vez de contemplar las gotas chocar contra el cristal de este cuarto como hago ahora, las veía caer desde la seguridad de mi paraguas mientras me dirigía apresuradamente a una cita.
La cola del teatro parecía el sendero de un bosque, plagado de paraguas que, como setas negras se apretaban bajo la tormenta. En un momento concreto, mi acompañante me señaló a alguien, y me dijo: “ Que curioso, al principio, antes de que llegaras, pensé que aquella persona eras tú”. Miré en aquella dirección y efectivamente vi a un hombre muy parecido a mi mismo, la visión fue breve pues él entraba ya en la sala; el mismo pelo comenzando a encanecer, las manos delgadas sosteniendo un paraguas similar, las espaldas anchas de hombros cansados, demasiados detalles pensé, y el estómago se me encogió de una manera desagradable. La cola avanzó y pedí dos entradas, luego me ví inmerso en una obra muy complicada y excesivamente larga, en unas copas y una escena de cama posteriores, y todo se fue amontonando, día a día, hasta que aquel instante de reconocimiento se perdió bajo el peso del calendario.
Oculto, pero persistiendo en una bruma la memoria, esperando su momento como una alimaña paciente.

Me parece que en aquel olvido de dos meses tuve algún sueño relacionado con él, no puedo precisar de que trataban aquellas pesadillas pero si recuerdo nítidamente las horribles sensaciones que quedaban detrás de ellas, como hondas en el agua que tardaban casi todo el día en desaparecer.

Los papeles se acumulaban sobre mi escritorio y mi secretaria daba más citas de las que yo podía atender. El trabajo iba demasiado bien podría decirse, así que tuve que empezar a tomar algunos medicamentos para resistir aquel ritmo de trabajo, ciertos fármacos que me ayudaban a concentrarme y a domir únicamente lo necesario sin sentirme cansado por ello. Me volví mi propio médico y preparador personal.

Fue durante una cita de trabajo en un restaurante del centro, cuando él volvió a surgir de la nada anónima a solo unas pocas mesas de distancia. Comía solitariamente con la vista fija en el periódico. Vestía chaqueta marrón oscuro y corbata negra, un maletín de cuero algo gastado descansaba en la silla cercana. Su mirada era tan parecida a la mía, “sus ojos” pensé, “sus ojos leen con la misma tristeza que yo”. Apenas escuché nada de lo que mi cliente decía, mi cabeza giraba constantemente hacia él, a cómo cortaba la carne, cómo tomaba el cafe. Un malestar fue creciendo dentro de mí, como una mancha de tinta. Me excusé y fuí al lavabo.

Frente al espejo volví a ver aquellos ojos.

Al regresar a la mesa, él ya se había marchado. El espacio que había dejado vacío era algo palpable, como un cadaver o una foto, un reflejo sin el sentido que antes había tenido.

Después de aquello, y en los pocos momentos que dejaba a mi cuerpo descansar, las pesadillas volvieron.
El trabajo, lejos de menguar aumentó, y tuve que incrementar las dosis. Tenía una delicada pitillera de plata donde guardaba mi colección de pastillas, mi arco iris artificial. Siempre me sorprendía como algo tan pequeño podía controlar siglos y siglos de evolución.
Al aumentar el número de clientes también crecieron los almuerzos de negocios, las copas nocturnas para cerrar tratos importantes, los paquetes de tabaco vacíos y aplastados mientras se discutían las estrategias a seguir, en definitiva, mi agenda era más grande que yo mismo.

Al final, mis experimentos alquímicos privados y mi ritmo de vida me estallaron en la cara. Simplemente, después de oir un mal chiste noté un dolor punzante en el pecho y mi brazo izquierdo perdió súbitamente la fuerza, soltando la copa que sostenía. El vaso y mi corazón se rompieron al mismo tiempo.

“Infarto”, así de sencillo, una palabra, solamente una miserable palabra del médico y me transmuté de un tiburón de los negocios a un viejo enfermo. Decidí dejarlo todo durante un tiempo, o mejor dicho, el comité tomó esa decisión y yo tuve que asumirla calladamente. Un poderoso desamparo nubló mi mente.

Durante aquellos tres meses de retiro tuve tiempo para pensar en mucha cosas, mi cabeza volvió varias veces a aquellos ojos paralelos a los míos, que leían el periódico con tristeza, a aquella espalda de hombros cansados que esperaba su momento para sumirse en la oscuridad del teatro, aquella sombra que había olvidado durante tanto tiempo. Pensaba si él también se sentiría tan débil, tan cansado, si acaso él tenía el corazón roto como yo o si alguna vez soñaba conmigo y se despertaba con las manos temblando. Llegué a la conclusión de que no, de que continuaba su vida, ajeno a mi sufrimiento, de manera egoista sin saber siquiera que había copiado mi cuerpo. En aquellos pocos meses aprendí a odiar a aquel otro que era algo mientras yo era nada, que me robaba lo único que me quedaba y me hacía singular. Aislado en la soledad de mi apartamento, sin relacionarme con nadie en todos aquellos días amargos, tuve la certeza de que él tenía la culpa de mi desgracia, esa idea surgió mientras preparaba el desayuno, de una manera natural, como una flor naciendo en un prado. Desee que fuera él quien estuviera encerrado dentro de la debilidad de su propio pecho. “No puede ganar” acordé y decidí volver al trabajo.

Hacía una mañana templada cuando el taxi se paró frente al edificio donde estaba situado mi despacho. Allí de pie, mientras pagaba al conductor, pude ver algo que lo inició todo.
En el séptimo piso, en la ventana a la que yo mismo me había asomado tantas veces buscando un descanso del trabajo, se encontraba él, fumando tranquilamente un cigarrillo mientras el viento esparcía las cenizas por toda la ciudad.