La máquina estaba cargada. Grendel no se molestó esta vez en guardar cuidadosamente la batería y el cableado, ni siquiera anotó en su cabeza las tareas que debería realizar a su vuelta para que todo encajara.
Grendel sabía que este sería su último viaje.
Su tiempo ya no le pertenecía, sentía que se había convertido en una una cifra dentro de listados interminables de datos que crecían día a día como sanguijuleas sobre el lomo de un animal desprevenido. La luz eléctrica sobre las cornisas de piedra, las sonrisas perfectas, el zumbido de los coches último modelo al pasar, tantas cosas que antes le emocionaban y que conformaban su pequeño mundo de 24 horas eran ahora como papeles tirados en el suelo. Grendel era como un barco sin ancla a merced de la tempestad. Sólo veía las mimas caras atrapadas entre las mismas paredes. No podía continuar.
Con los ojos cerrados fuertemente, escuchó el zumbido de la máquina y aquellla curiosa sensación le envolvio como una lluvia ácida. Su cuerpo hormigueó. Sabía que al abrir los ojos ya estaría de nuevo en aquella habitación gemela. Algo aturdido se dirigió al baño donde se enjuagó la cara con agua helada y se miró en aquel espejo tan familiar. Luego fue al armario,buscó la pequeña caja de herramientas que apenas había utilizado, sacó el martillo plateado y lo observó como si fuera un arma mágica forjada en las entrañas de algún canto celta. Ya en el comedor, accionó las sujeciones de las correas y el aparato quedó libre. Grendel lo dejó delicadamente, como si de un pájaro encontrado se tratase, sobre la mesa con dibujos de espiral que tanto le había gustado del manual 13.467 del mes de Marzo y que compró sin dudar. El saltador tenía un diseño elegante, como casi todas las cosas en aquel mundo, en perfecta consonancia conel resto de la habitación.
Levantó el martillo y lo dejó caer una, dos, tres, cuatro, cinco...tantas veces como fue necesario hasta que un cúmulo de entrañas mecánicas y plástico se desparramaban por toda la mesa y el suelo.
Grendel nunca podría volver.
Se sentó en el sillón con la mente en blanco, exhausto por la irrevocabilidad de su acto. Había repasado cientos de veces esta situación y ya no hacía falta pensar más. La decisión estaba tomada y había que seguir adelante, como cuando uno se desliza por una ladera nevada sobre un raquítico trineo. Sólo tenía que esperar, un poco nada más, en este mundo de horarios la impuntualidad era un animal extinto.
Una tarjeta personalizada se deslizó sobre la cerradura electrónica. Un hombre entró en la casa, tenía los hombros cargados por la larga jornada laboral. Su cara era redonda y el pelo castaño claro le caía sobre la frente de manera desmadejada. Vestía de manera combinada con elegancia aunque el viaje en tren a casa le hubiera arrugado un poco el aspecto. Sobre su nariz recientemene operada, unos ojos verdes muy oscuros se abrieron de una manera casi cómica, como de dibujo animado. Grendel vio a Grendel sentado en el sillón. Grendel vio a Grendel entrar en el comedor.
¿Pero qué cojones pasa aquí?
El Grendel del sillón se levantó despacio, de un modo ensayado, teatral, y avanzó en dirección a su yo de otro tiempo. El Grendel recién llegado permanecía aturdido, presa del hipnótico juego de espejos que avanzaba hacia él.
Lo siento muchísimo. Pero sé que tú harías lo mismo.
¿ Cómo...?
La pregunta quedó suspendida en el aire, perdida entre los dos como un barco varado. El Grendel dueño de este tiempo peleó con el Grendel extraño cuando éste se abalanzó sobre él pero las energías le fallaron repentinamente, el dolor que se hundía una y otra vez en su estómago parecía robarle las fuerzas ganadas en las interminables horas de gimnasio. Ambos contendientes se movieron por el comedor como unos inexpertos bailarines de tango. Las miradas se cruzaro: una frenética, débil, la otra fría y mortecina. La mesa cayó, las tripas de la máquina también. En esta colisión de realidades el tiempo parecía inextinguible, los segundos se alargaban como railes en un desierto. Grendel agarraba a Grendel mientras gruñidos animales salían de idénticas bocas. Bajo sus pies crujían las piezas del aparato que los había conducido a este momento. Finalmente, las manos que sujetaban los brazos de su adversario empezaron a ceder, a torcerse como ramas bajo el fuego, los mienbros que tantas cosas humanas habían desempeñado quedaron colgando a los lados, inútiles, todo el cuerpo perdió vigor y dejó que la gravedad lo poseyera. El Grendel ganador sujetó a su réplicaexacta impidiendo que cayera al suelo, lo abrazó con ternura, con el mismo cariño de una madre hacia el hijo que se ha rasguñado la pierna.
Lo siento, lo siento, lo siento...- susurró al oido del Grendel que moría y cuya mirada se iba volviendo nebulosa, inconexa. Lo dejó en el suelo con sumo cuidado mientras la palabras de perdón y las lágrimas se mezclaban en un rito tan antiguo como el propio ser humano. El Grendel moribundo movió los labios pero no quedaba ya suficiente vida para dar consistencia a las palabras. Sin apartar los ojos de aquel rostro tan conocido, ahora pálido, abandonado, escuchó aquel último suspiro escapar finalmente, tan largo que parecía el silbido de un tren al llegar a la estación. Sobre el pecho de su víctima, Grendel lloró como pocas veces se vería en ese mundo donde toda emoción se enmascaraba detrás de un listado de fármacos y buenos modales.
Al levantarse, observó con los ojos enrrojecidos por el llanto como la sangre formaba una superficie oscura y brillante sobre los impolutos azulejos, se vio distorsionado en ella, erguido como un monstruo de cuento, la sustancia en la que se miraba era la misma que corría ahora mismo por sus venas. En el vientre de su homónimo el cuchillo sobresalía únicamente por el mango, 15´50 la unidad pensó mecánicamente, a 30 el par en un envío sin gastos al comprador.
Para su mundo, Grendel habría desaparecido, un número entre tantos millones no era significativo, para este tiempo nada había cambiado. Grendel había llegado a casa y por la mañana Grendel saldría de ella, de vuelta al trabajo.
El reloj retornó a su trabajo. Los ruidos de la calle volvieron a entrar por las ventanas. Grendel pasó al siguiente peldaño de su plan. Inmerso en un duermevela culpable, buscó el “saltador” que su paralelo debía guardar en la casa.Lo encontró escondido en el armario, del mismo modo que él hacía. Lo sacó y comprobó que tenía la batería casi descargada. Preparó la fecha más alejada que pudo y lo colocó sobre el cuerpo tendido. Sin apenas energía y en un tiempo donde aún no existía esa tecnología sería imposible recargarlo y averiguar de donde venía aquel macabro viajero. El salto se produjo y el crimen se volvió algo insustancial, irreal, casi imaginado a excepción del sangriento testimonio que reposaba sobre el suelo. Grendel se afanó sobre éste con los productos de limpieza de la cocina.
Finalmente, Grendel se lavó las manos, el agua se ensuciaba y desaparecía por el desagüe casi con la misma velocidad con que el crimen se había cometido. Se cambió de ropa y arrojó a la basura aquella que...¿le incriminaba?, ¿no era acaso su sangre lo que verían las autoridades si por un casual decidieran investigar? Este pensamiento le paralizó durante unos instantes. Las innumerables implicaciones del acto que había cometido se le escapaban. Así que decidió hacer ya aquella llamada y huir del bloqueo que le invadía.
El teléfono-visor hizo tres intentos antes de que en la pantallara apareciera aquel rostro tan deseado.
-¡Hola Grendel, no sabes las ganas que tenía de verte!.
-Hola cariño.
-¿Qué te ocurre? Estás muy pálido.
-Nada nada, únicamente que estoy muy cansado.
-Pobrecito mío.
-¿Sabes una cosa?
-¿Si?
-Estuve mirando los requisitos y creo que podría solicitar el traslado a tu zona en breve, si tu quieres, claro..
-¿Si? Oh, eso sería maravilloso, maravilloso, te amo tanto. Claro que quiero.
-Si, pronto podremos estar juntos. Nada nos separará.
-Apenas puedo esperar.
-Ahora voy a descansar, cariño. Ha sido un día muy intenso,.
-De acuerdo, se te ve agotado...que bien, pronto, pronto juntos.
-Te quiero. Hasta mañana.
-Descansa. Te quiero.
La pantalla se volvio una noche enjaulada. Grendel creyó seguir viendo aquella cara que amaba pero era un juego de su mente. Se sentó en el sillón. La habitación estaba igual que cuando la dejó esta mañana, ¿esta mañana? Que extraño era pensar eso. Prefirió imaginar la luz eléctrica sobre las cornisas de piedra, las sonrisas perfectas, el zumbido de los coches al pasar, tantas cosas que le emocionaban y que conformaban su pequeño mundo de 24 horas. Ahora sentía que pertenecía a este tiempo. Escila dormiría en breve sobre aquella cama de un rosa oscuro, sus labios medio abiertos dejando escapar el sueño. O tal vez estaría preparando una cena sencilla, o viendo alguno de los 2380 canales, o puede que pensara en él, aunque sólo fuera un poco. Ser una cifra dentro de listados interminables de datos, cuando entre esos datos estaba ella, le pareció maravilloso.
Grendel fue a la cama con el cuerpo extenuado pero la mente tranquila y despejada. Aquella noche durmió sin pesadillas.




