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La Coctelera

Categoría: El Cronosuicida

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El Cronosuicida: La Muerte

La máquina estaba cargada. Grendel no se molestó esta vez en guardar cuidadosamente la batería y el cableado, ni siquiera anotó en su cabeza las tareas que debería realizar a su vuelta para que todo encajara.

Grendel sabía que este sería su último viaje.

Su tiempo ya no le pertenecía, sentía que se había convertido en una una cifra dentro de listados interminables de datos que crecían día a día como sanguijuleas sobre el lomo de un animal desprevenido. La luz eléctrica sobre las cornisas de piedra, las sonrisas perfectas, el zumbido de los coches último modelo al pasar, tantas cosas que antes le emocionaban y que conformaban su pequeño mundo de 24 horas eran ahora como papeles tirados en el suelo. Grendel era como un barco sin ancla a merced de la tempestad. Sólo veía las mimas caras atrapadas entre las mismas paredes. No podía continuar.

Con los ojos cerrados fuertemente, escuchó el zumbido de la máquina y aquellla curiosa sensación le envolvio como una lluvia ácida. Su cuerpo hormigueó. Sabía que al abrir los ojos ya estaría de nuevo en aquella habitación gemela. Algo aturdido se dirigió al baño donde se enjuagó la cara con agua helada y se miró en aquel espejo tan familiar. Luego fue al armario,buscó la pequeña caja de herramientas que apenas había utilizado, sacó el martillo plateado y lo observó como si fuera un arma mágica forjada en las entrañas de algún canto celta. Ya en el comedor, accionó las sujeciones de las correas y el aparato quedó libre. Grendel lo dejó delicadamente, como si de un pájaro encontrado se tratase, sobre la mesa con dibujos de espiral que tanto le había gustado del manual 13.467 del mes de Marzo y que compró sin dudar. El saltador tenía un diseño elegante, como casi todas las cosas en aquel mundo, en perfecta consonancia conel resto de la habitación.
Levantó el martillo y lo dejó caer una, dos, tres, cuatro, cinco...tantas veces como fue necesario hasta que un cúmulo de entrañas mecánicas y plástico se desparramaban por toda la mesa y el suelo.

Grendel nunca podría volver.

Se sentó en el sillón con la mente en blanco, exhausto por la irrevocabilidad de su acto. Había repasado cientos de veces esta situación y ya no hacía falta pensar más. La decisión estaba tomada y había que seguir adelante, como cuando uno se desliza por una ladera nevada sobre un raquítico trineo. Sólo tenía que esperar, un poco nada más, en este mundo de horarios la impuntualidad era un animal extinto.

Una tarjeta personalizada se deslizó sobre la cerradura electrónica. Un hombre entró en la casa, tenía los hombros cargados por la larga jornada laboral. Su cara era redonda y el pelo castaño claro le caía sobre la frente de manera desmadejada. Vestía de manera combinada con elegancia aunque el viaje en tren a casa le hubiera arrugado un poco el aspecto. Sobre su nariz recientemene operada, unos ojos verdes muy oscuros se abrieron de una manera casi cómica, como de dibujo animado. Grendel vio a Grendel sentado en el sillón. Grendel vio a Grendel entrar en el comedor.

¿Pero qué cojones pasa aquí?

El Grendel del sillón se levantó despacio, de un modo ensayado, teatral, y avanzó en dirección a su yo de otro tiempo. El Grendel recién llegado permanecía aturdido, presa del hipnótico juego de espejos que avanzaba hacia él.

Lo siento muchísimo. Pero sé que tú harías lo mismo.
¿ Cómo...?
La pregunta quedó suspendida en el aire, perdida entre los dos como un barco varado. El Grendel dueño de este tiempo peleó con el Grendel extraño cuando éste se abalanzó sobre él pero las energías le fallaron repentinamente, el dolor que se hundía una y otra vez en su estómago parecía robarle las fuerzas ganadas en las interminables horas de gimnasio. Ambos contendientes se movieron por el comedor como unos inexpertos bailarines de tango. Las miradas se cruzaro: una frenética, débil, la otra fría y mortecina. La mesa cayó, las tripas de la máquina también. En esta colisión de realidades el tiempo parecía inextinguible, los segundos se alargaban como railes en un desierto. Grendel agarraba a Grendel mientras gruñidos animales salían de idénticas bocas. Bajo sus pies crujían las piezas del aparato que los había conducido a este momento. Finalmente, las manos que sujetaban los brazos de su adversario empezaron a ceder, a torcerse como ramas bajo el fuego, los mienbros que tantas cosas humanas habían desempeñado quedaron colgando a los lados, inútiles, todo el cuerpo perdió vigor y dejó que la gravedad lo poseyera. El Grendel ganador sujetó a su réplicaexacta impidiendo que cayera al suelo, lo abrazó con ternura, con el mismo cariño de una madre hacia el hijo que se ha rasguñado la pierna.

Lo siento, lo siento, lo siento...- susurró al oido del Grendel que moría y cuya mirada se iba volviendo nebulosa, inconexa. Lo dejó en el suelo con sumo cuidado mientras la palabras de perdón y las lágrimas se mezclaban en un rito tan antiguo como el propio ser humano. El Grendel moribundo movió los labios pero no quedaba ya suficiente vida para dar consistencia a las palabras. Sin apartar los ojos de aquel rostro tan conocido, ahora pálido, abandonado, escuchó aquel último suspiro escapar finalmente, tan largo que parecía el silbido de un tren al llegar a la estación. Sobre el pecho de su víctima, Grendel lloró como pocas veces se vería en ese mundo donde toda emoción se enmascaraba detrás de un listado de fármacos y buenos modales.

Al levantarse, observó con los ojos enrrojecidos por el llanto como la sangre formaba una superficie oscura y brillante sobre los impolutos azulejos, se vio distorsionado en ella, erguido como un monstruo de cuento, la sustancia en la que se miraba era la misma que corría ahora mismo por sus venas. En el vientre de su homónimo el cuchillo sobresalía únicamente por el mango, 15´50 la unidad pensó mecánicamente, a 30 el par en un envío sin gastos al comprador.

Para su mundo, Grendel habría desaparecido, un número entre tantos millones no era significativo, para este tiempo nada había cambiado. Grendel había llegado a casa y por la mañana Grendel saldría de ella, de vuelta al trabajo.

El reloj retornó a su trabajo. Los ruidos de la calle volvieron a entrar por las ventanas. Grendel pasó al siguiente peldaño de su plan. Inmerso en un duermevela culpable, buscó el “saltador” que su paralelo debía guardar en la casa.Lo encontró escondido en el armario, del mismo modo que él hacía. Lo sacó y comprobó que tenía la batería casi descargada. Preparó la fecha más alejada que pudo y lo colocó sobre el cuerpo tendido. Sin apenas energía y en un tiempo donde aún no existía esa tecnología sería imposible recargarlo y averiguar de donde venía aquel macabro viajero. El salto se produjo y el crimen se volvió algo insustancial, irreal, casi imaginado a excepción del sangriento testimonio que reposaba sobre el suelo. Grendel se afanó sobre éste con los productos de limpieza de la cocina.
Finalmente, Grendel se lavó las manos, el agua se ensuciaba y desaparecía por el desagüe casi con la misma velocidad con que el crimen se había cometido. Se cambió de ropa y arrojó a la basura aquella que...¿le incriminaba?, ¿no era acaso su sangre lo que verían las autoridades si por un casual decidieran investigar? Este pensamiento le paralizó durante unos instantes. Las innumerables implicaciones del acto que había cometido se le escapaban. Así que decidió hacer ya aquella llamada y huir del bloqueo que le invadía.

El teléfono-visor hizo tres intentos antes de que en la pantallara apareciera aquel rostro tan deseado.

-¡Hola Grendel, no sabes las ganas que tenía de verte!.
-Hola cariño.
-¿Qué te ocurre? Estás muy pálido.
-Nada nada, únicamente que estoy muy cansado.
-Pobrecito mío.
-¿Sabes una cosa?
-¿Si?
-Estuve mirando los requisitos y creo que podría solicitar el traslado a tu zona en breve, si tu quieres, claro..
-¿Si? Oh, eso sería maravilloso, maravilloso, te amo tanto. Claro que quiero.
-Si, pronto podremos estar juntos. Nada nos separará.
-Apenas puedo esperar.
-Ahora voy a descansar, cariño. Ha sido un día muy intenso,.
-De acuerdo, se te ve agotado...que bien, pronto, pronto juntos.
-Te quiero. Hasta mañana.
-Descansa. Te quiero.

La pantalla se volvio una noche enjaulada. Grendel creyó seguir viendo aquella cara que amaba pero era un juego de su mente. Se sentó en el sillón. La habitación estaba igual que cuando la dejó esta mañana, ¿esta mañana? Que extraño era pensar eso. Prefirió imaginar la luz eléctrica sobre las cornisas de piedra, las sonrisas perfectas, el zumbido de los coches al pasar, tantas cosas que le emocionaban y que conformaban su pequeño mundo de 24 horas. Ahora sentía que pertenecía a este tiempo. Escila dormiría en breve sobre aquella cama de un rosa oscuro, sus labios medio abiertos dejando escapar el sueño. O tal vez estaría preparando una cena sencilla, o viendo alguno de los 2380 canales, o puede que pensara en él, aunque sólo fuera un poco. Ser una cifra dentro de listados interminables de datos, cuando entre esos datos estaba ella, le pareció maravilloso.

Grendel fue a la cama con el cuerpo extenuado pero la mente tranquila y despejada. Aquella noche durmió sin pesadillas.

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El Cronosuicida: El Tiempo

Una hora cae sobre otra como gotas de lluvia, haciendo crecer el mar del Tiempo, absoluto e indiferente donde hombres y mujeres nadan frenéticamente para finalmente ahogarse.

“Siempre te amaré” “Nunca te olvidaré” pensaba Grendel qué sentido tenían esas mezclas de palabras pronunciadas por seres tan poco perdurables como ellos.
El día se había torcido pronto, antes de que dieran las 12 de la mañana el cielo se cansó notablemente y la luz se fue volviendo una plomiza carga gris. Las palomas volaban sin mística alguna; hundidas entre sus plumas pululaban cientos de enfermedades esperando una época de negocios más propicia.
Escuchar las noticias fue una tarea desagradable esa mañana: De madrugada, una tremenda explosión había conmocionado el sector Suroeste de la ciudad; un fallo en los mecanismos de refrigeración de la planta química Zinco había provocado que en 27 kilómetros a la redonda toda alma viviente fuera a comprobar en persona la existencia o no de Dios.
Grendel había vivido en aquella zona cuando era pequeñó, antes de ser trasladado mediante la Tabla de Distribución Gremial del Gobierno. En aquellas calles, ocultas ahora por una densa neblina verdosa que abrasaba la piel y envenenaba la sangre, había jugado y crecido, había sido niño antes de que todo se volviera tan complejo, tan inutil. Una época de risas y dulces mentiras donde aún no había que ser nada ni había que comprar continuamente mirando un catálogo plastificado, o al menos él no era consciente de todas esas bromas pesadas, puede ser que simplemente fuera más inocente y no viera el mundo con los ojos cansados, como ahora hacía.

Grendel recordó nombres, calles, las reglas de aquellos juegos inventados para las tediosas tardes de domingo, se dedicó a enumerar recorridos y tiendas de la zona. Ahora todo aquello hervía en el caldero malsano del olvido y el desastre, disgregándose como una aspirina ahogada en agua.

Aquel terrible accidente fue el comentario principal durante toda la jornada. En el aire se podía respirar la incertidumbre y el miedo a que nuestro amado Gobierno no fuera un padre tan cuidadoso como decía ser. Constantes imágenes de cuerpos tendidos en la calle como sorprendidos por un sueño repentino, difusos tras un velo de niebla insana, poblaban las cabezas de todo ciudadano de la megápolis. Algunas escenas mostraban a gente perdida en aquella humareda, vivos aún pero irremediablemente condenados por los efectos mortales de los gases absorvidos por sus cuerpos, aquellas personas eran como sombras de lo que habían sido, no eran conscientes de que ya estaban muertos y ahora formaban recuerdos que se negaban a desaparecer.

Aficcionado como era a hacer cálculos, Grendel elaboró en su cabeza cuántos entierros deberían celebrarse, y si había tal número de muertos cuánta gente quedaría afectada directamente por estas perdidas y cuanto dolor se generaría por ello, luego pasó a las cifras económicas bastante más exactas y medibles, y así llenó aquella noche sin sueños en la que todos los televisores repetían las mismas frases. Tumbado en la cama, ardientes los ojos de insomnio, no podía sentir tristeza por los que habían muerto a miles ni por los que morirían en los sucesivos días a causa de la nube tóxica que habían inhalado, su mente sólo podía pensar en todos los que habían existido en su vida y que ahora habían desaparecido borrados por el paso furioso de aquel gigante llamado Tiempo.

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El Cronosuicida: El Amor

Al volver de su primer “salto” lo primero que le asaltó fue una dolorosa sensación de irrealidad. Ese mundo gemelo del suyo que había visitado se imponía de una manera sencilla y aplastante, su realidad cotidiana perdía consistencia. Los electrosensonres policiales, los efectos de los hipnofármacos en las cadenas de trabajo o la velocidad de los coches en la Avenida Central, todo era igual, un reflejo sin ondas que lo deformaran, pero en el tiempo al que pertenecía faltaba algo esencia y ahora lo sabía, no estaba ella, Escila, tan hermosa que dolía. Pero en un mundo donde la belleza es una obligación ciudadana, ser hermoso no puede tener mérito alguno y el cuerpo, adaptado a los criterios estéticos del momento mediante cirugía, no tiene mayor valor que cualquier prenda de ropa. La belleza de Escila nacía de estratos más profundos, de oscuros manantiales que asomaban por sus ojos marrones.

Al realizar ese salto de prueba, Grendel decidió arriesgar poco. Las cosas se comercializaban muy rápido hoy en día, demasiado, apenas unos controles mínimos y ya estaba en el mercado, listo para ser comprado, listo para joderte si se habían equivocado.
Ajustando el aparato a su cuerpo mediante unas elegantes correas de cuero, marcó en la pantalla táctil una diferencia de exactamente 24 horas hacia atrás. En un momento tan reciente y un ambiente tan conocido se sentiría seguro.
Allí él existía como aquí, confinado en una cárcel de normas y horarios,donde el salario era la cadena más perfecta. Pero una vez “saltara” él no era nada, su yo alternativo seguiría atrapado mientras que él podía saltarse todos los horarios, “Que se joda el trabajo” pensó.

Desde hacía unos meses, antes de dormir, la inutilidad y el vacío le llenaban de una manera tan absoluta, tan aterradora, que cualquier intento de esquivarla se estrellaba como un pájaro con las alas rotas. Los antidepresivos no funcionaban, las terapias electro-sexuales tampoco, ni siquiera la efectiva sonda Vulperrier. Todo había fracasado y cada jornada, antes de dormir, notaba como ese agujero en su mente crecía y crecía dejando escapar por el algo importante, quedándose hueco como un peluche roto.

  • Estoy jodido, realmente jodido, atrapado, como un ratón en una trampa de ratones...mierda, ni siquiera puedo inventarme una comparación buena - decía mientras se tomaba su leche con vitaminas y las galletas dietéticas, sus ojos vagaban por el catálogo de compras que recibía cada semana. Un símbolo en dorado de un interesante tanto por ciento de descuento le llamó poderosamente la atención - ¿Una máquina del tiempo? pero eso es imposible- tal vez era hora de gastar mucho dinero, jugar con esas posibilidades que se le mezclaban en la cabeza, una palabra se formó claramente sobre toda la basura ideológica de ejercicios de abdominales, lociones hidratantes y horas extras: HUIR.

El aparato zumbó ligeramente mientras un brillo azulado nacía en sus engranajes. Grendel recordó las recomendaciones del prospecto y cerró los ojos ante “posibles mareos y desorientación momentánea”. El zumbido creció pero sin llegar a ser molesto, más bien era como un arrullo que le sumía en un agradable duermevela. Una sensación extraña le acarició el cuerpo, el zumbido murió. Al abrir los ojos todo permanecía igual en su apartamento, ordenado de una manera exacta y equilibrada, como en cada uno de los que componían los enormes edificios colmena de la zona Centro. Solamente las colillas esparcidas sobre la mesa y la mancha oscura en la esquina del sofá diferenciaban algo la estancia.

  • Hoy limpie la mesa, esta mañana antes de salir, no tenía tabaco y aquí huele a tabaco recién fumado. Joder, a estas horas estaría en un atasco y...no puede ser...es ayer, es ayer...

Una vez comprobada la realidad del viaje gracias al reloj de su cocina y a las noticias en su televisor, decidió coger un expresoviario y visitar la zona norte de la megápolis que para él era como acercarse a un país extranjero. Con turnos de trabajo de 12 horas era imposible dedicarse a explorar nada que no estuviera a menos de 15 minutos de distancia. Era curioso, el trabajo que le monopolizaba era el mismo que le había permitido pagar esta máquina con la que obtenía tiempo, un tiempo extraño y anormal pero tiempo al fin y al cabo. Había que usarlo, gastarlo como un niño, aquí podría hacerlo, allí...allí era un hombre atado a un reloj de pulsera.

En la parte norte la densidad de tiendas era aún mayor que en su zona, debido tal vez a tener un carácter más residencial y de un nivel salarial más elevado. Algunos de los comercios que allí se encontraban eran únicos, Grendel movido por la curiosidad decidió visitar uno de ellos, una Asociación Benéfica y es que la necesidad de ser caritativo se podía cuantificar perfectamente como un producto más. El Estado era muy restrictivo respecto a sobre que temas o personas podía recaer la beneficencia. Evidentemente no sobre los pobres, tampoco sobre los deformes incurables o los ancianos pues el Estado ya les reservaba su hueco en la sociedad, un hueco profundo y alejado pues sus imágenes de espejo de feria emborronaban la belleza tan duramente alcanzada por todos. Quedaban algunas cuestiones sencillas en las que un ciudadano podía ayudar como podían ser “Protección de especies altamente complejas”, “Enseñanza en la Zona de Kriller” o “Reciclaje de Productos”, esta última resultaba bastante atractiva por lo cómico: tu dinero pagaba a un hombre que se dedicaba a escarbar en los vertederos en busca de algo que pudiera volver a ser útil de alguna manera.
Delante de una sociedad dedicada al Cuidado de Mascotas, Grendel recordó como, cuando apenas tenía 6 años, su padre abandonó en una gasolinera al perro de la familia, un diminuto animal de pelaje muy oscuro al que le brillaban los ojos cuando Grendel jugaba con él. Ahora entendía que los altos costes que conllevaba llevar un animal en un viaje programado o bien dejarlo en un centro de cuidados hicieron que su padre tomara tan drástica decisión. Lo entendía pero seguía sin aceptarlo,
aquellos ojos tristes y acuosos, el lastimero aullido del animal, Grendel se extrañó ante lo vivido de ese pedazo oculto de su memoria y del dolor que con el venía. Decidió entrar y preguntar. Tal vez en el pasado, aunque fuera un pasado de tan pocas horas, se pudieran ajustar cuentas pendientes.

Tras un mostrador de cristal impoluto, que dejaba ver unas piernas bien torneadas y morenas, estaba ella. Sus ojos eran de un marrón que recordaba a madera mojada por la lluvia. Su ropa encajaba de manera exacta con su cuerpo y el pelo le caía en unos rizos castaños que parecían pintados a la acuarela.

  • Hola, buenos días señor. ¿Puedo ayudarle en algo?
  • Si, desearía saber que puede hacer mi aburrido dinero por...
  • Mascotas, señor, ellos nos dan todo y nosotros...- ella realizó un gesto con la cara, un sencillo gesto de pena que a Grendel le pareció auténtica poesía, tal vez por ser lo único mínimamente natural que había visto en esa década.
  • Si, sé a lo que se refiere. Mi padre...- Grendel contó su historia sin ningún pudor, de manera infantil y sincera. Era la primera vez que entablaba una conversación que no fuera obligada por una estúpida campana laboral o que versara sobre alguna compra estúpida.

En el pequeño discurso sobre los animales con el que ella le respondió, las palabras “apoyo”, “necesidad”, “cariño” no resultaban tan vacías saliendo de sus labios. Ella era tan hermosa como cualquiera de las millones de almas femeninas que componían el tremendo esfuerzo del Estado por la belleza, pero había algo ahí, algo que los ojos no podían llegar a captar del todo y que dejaba una sensación amable flotando en la cabeza.
Grendel realizó un ingreso bastante aceptable pero sin ser excesivo y con el atrevimiento del que se siente en tierra extranjera y ha conseguido poner un pie en puerto, la invitó a almorzar.

Después de una amena comida, quedaron en casa de ella, cenaron juntos e hicieron el amor. Compartieron cigarrillos y fluidos. Se contaron cosas que les hicieron sentir solos, un par de lágrimas cálidas asomaron a los ojos de ella. Durmieron abrazados. Tal vez por mero cansancio, habían dejado de fingir y podían ser sencillamente dos seres humanos imperfectos.
Era un siglo de altas velocidades; cosechas de meses en semanas, cientos de personas complejas y vivas desaparecían con solo conectar un cable, un expresoviario tras otro llegaba a la estación sin un minuto de descanso. La vida era un catálogo de brevedades insoportables y el ser humano perdido en este violento devenir, necesitaba creer, al menos una vez en su vida, que algo podía ser perdurable, eterno.

Grendel y Escila se enamoraron. En una ciudad de 127 millones de personas, que una encontrara a otra era un imposible matemático. Pero allí estaban abrazados en la oscuridad, libres durante unas horas de la dictadura de lo perecedero.

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El Cronosuicida: El Mundo

Chicas perfectas asomaban sus caras de papel pintado por encima del tráfico. Grendel miró los carteles publicitarios mientras los coches avanzaban como una manada de elefantes moribundos. El cigarrillo mentolado que sostenía sin prender en los labios le trajo a la memoria aquella última noche con ella, cuando ambos fumaron después de hacer el amor, “hacer el amor” que extraño pensar eso después de tanto tiempo follando simplemente. Una sensación opresiva se le concentró en el estómago, tenía que verla pronto, YA, pero el Saltador no estaría cargado aún, esperar esperar, la vida era una contínua cola de banco, una sala de espera sin esperanza, bueno, sin esperanza al menos ya no.

Varios coches más atrás un imbecil empezó a tocar el claxón como si le pagaran por ello, era evidente que ese tipo necesitaba aumentar su dosis de tranquilizanes. Año 2019 y los atascos seguían a la orden del día. Avanzaron unos metros más, al menos
nuevos carteles les animarían la vista.Otra muchacha rubia anunciaba con una gigantesca sonrisa “Tienes que ser HERMOSO”.
No llegaría a tiempo, como casi todos los días, no importaba, tampoco saldría a su hora, la empresa se cobraba los retrasos con todo lujo, hoy en día el oro no valía nada, ni siquiera el escaso petroleo,el combustible que mantenía todo en marcha era el tiempo, dabas tu tiempo a cambio de algo, aquel que tenía más tiempo era más poderoso, eso igualaba a los grandes empresarios y a los vagabundos, eso si, si no contamos con que desde hacía
siete años ser un indigente era castigo penado con destierro.
A veces era curioso pararse en el parque de L y ver a lo lejos algunos de esos pequeños aviones antiguos y destartaldos, con
las entrañas llenas de pobres llendo hacia las tierras esteriles del sur donde serían abandonados.

En una época en la que una de las principales leyes de la Nueva Constitución era: “Todo ser humano tiene derecho a participar en la sociedad y en su correcto funcionamiento y la manera más adecuada de hacerlo es mediante el consumo”, todo aquel que no tuviera un trabajo en un plazo mínimo de tiempo era considerado no solo un lastre para los demás sino también un rebelde y un enemigo del estado y por tanto de la felicidad de todos. A los niños se les toleraba su inactividad pues estaban en un periodo de formación pero a partir de los 15 años ser un desempleado era un acto de traición. Los ancianos que no podían continuar o adaptarse al ritmo de trabajo eran recluidos en centros en las
afueras donde se les proporcionaban tareas adecuadas a sus
capacidades disminuidas. Y es que esta gente cometía un delito
aún mayor que haber dejado de ser productivos, eran viejos, horribles, y si la productividad era una máxima, ser hermoso era una necesidad que todos llevabamos inculcada en el corazón.

Lo Bello es Bueno. Lo Feo es Malo.

Al llegar a las oficinas donde trabajaba como contable de primer grado, un gigantesco cartel que cubría por completo la fachada del edificio anexo le recordó esa necesidad; un sonriente apolo rubio le instaba a cuidar su imagen y acudir a su visita semanal a los centros Apolo: “SE HERMOSO” gritaba al mundo desde sus ojos azules y retocados mediante ordenador. La belleza era un deber de todo ciudadano, tanto física como mental, el descuido hacia este aspecto causaba que el ser humano fuera degradándose y abandonádose al más completo desorden, sumido en esta espiral iba llegando la enfermedad, que podía aparecer bajo muchas formas desde un simple catarro, un cancer o una cicatriz, hasta los problemas mentales y morales, y la peor de todas: la destrucción de la propiedad privada, incluso un asesinato se enumeraba como un delito contra la propiedad pues la persona estaba englobada dentro del todo mayor que era el estado, al cual pertenecía y a su vez daba forma.

En la oficina reinaba el cotidianoambiente relativamente calmo, la mezcla de barbitúricos y psicología subliminal mantenían a la gente centrada, no únicamente para realizar sus tareas de una manera más efectiva sino también para alcanzar un perpetuo sentimiento de felicidad en el individuo. Pero esa combinación no era
perfecta y la mente humana presentaba todavía muchas
irregulariades. Tarde o temprano alguien estallaba bajo la presión
y tenía que ir a la oficina de reajustes laborales. El estres y la depresión eran enfermedades que acompañaban al ciudadano como antes lo hiciera un catarro o un dolor de cabeza. Uno se dedicaba a tres cosas fundamentales: trabajar,cuidarse y consumir. Había otras, pero no desgravaban impuestos. La situación era muy jodida pero al menos seguía habiendo muchísimas formas de olvidarla: nuevas drogas cada semana que mantenían la mente en estados de absoluta relajación o de una plena locura, refugios de placer donde durante un par de horas y por una buena suma de dinero no se aplicaba ninguna ley, ingeniosas máquinas que podían satisfacer a un hombre o a una mujer mejor que cualquiera de sus posibles amantes; la tecnología seguía los criterios de satisfacer al ciudadano de a pie y mover la rueda de la economía de manera contínua.

Grendel miró el reloj electrónico sobre su mesa, sus manecillas de un azul eléctrico marcaron la pausa de 20 minutos en los que cada trabajador debía interactuar con sus compañeros y fomentar las relaciones interpersonales que, se supone, fortalecían la vida emocional de cada sujeto.

  • ¿Grendel, has visto esto?-uno de sus compañeros le alcanzó la revista que había estado leyendo- Parece que han bajado casi un 20% su precio, menuda oferta..
  • Vaya,eso parece. Yo la compré a mayor precio.
  • Estoy pensando comprarme una pero ¿funciona de veras este...er...Saltador?
  • Si,vaya que si.
  • Que extraño, una maquina del tiempo quién lo hubiera imaginado,si uno puede viajar al pasado podría cambiar...
  • No, no funciona así, ya hicieron todas esas pruebas antes, ya sabes matar a Hitler, a Stalin, a todos aquellos que paralizaron la economía de una manera tan bárbara. Al parecer cada máquina crea una linea temporal diferente y siempre vuelve a la misma, lo que hagas allí afectará a esa linea pero no a nuestra realidad actual, ¿entiendes?.-Bueno, la verdad es que no entendí nada de nada.
  • Vamos, a ver- Grendel cogió varios bolígrafos y un papel- Tenemos esta linea roja que es nuestro tiempo, y pongamos que en este punto, por ejemplo, yo compro mi máquina y la enciendo, entonces otra linea, de color azul, saldría de la linea principal, la roja, como una raíz de un árbol, y a esa linea es la que recorro yo cada vez que uso mi aparato. Si otro enciende la suya se crea otra raíz, por ejemplo verde, y así hasta cientos, miles...y cada uno viaja por su propia linea.
  • ¿Y puedes hacer lo qué quieras allí?
  • Bueno, tanto como podrías hacerlo aquí.
  • Uhum, me encantaría ver un dinosaurio.
  • No, no, no llega tan lejos, como mucho puedes retroceder 30 años, al menos estas portátiles. No sé si existirán otras más potentes.
  • Oh, vaya sólo 30 años, umm, no sé, es una época que todos conocemos, no parece tener mucho interés. No me extraña que hayan bajado el precio tan pronto- Grendel recordó las últimas noticias sobre este invento en las cuales se comentaba como la mayoría de usuarios cometían en esas otras realidades delitos y barbaridades que esquivaban fácilmente volviendo a su linea temporal.
  • Además, tarda mucho en cargarse, para poder realizar un salto, vamos, un viaje con ella, debe cargarse durante una semana entera y su duración apenas alcanza el día y medio.
  • Vaya, me parece que al final pediré el retinalcinema..

Una delicada campana sonó anunciando la vuelta al trabajo. Todos abandonaron las salas de Encuentros ordenadamente. Grendel retomó sus tareas numéricas donde las había dejado no sin antes dedicarle un pensamiento a esa mujer que se ocultaba en el tiempo y que pronto volvería a visitar.