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La Coctelera

El Sonambulista

El frío podría rondar con facilidad los 0 grados en la calle, en el cuarto no se estaba mucho mejor, uno lo notaba como un ser vivo que se colaba por cualquier ranura, por todos los rincones, como una víbora buscando el calor del excursionista.
Asomando los ojos por encima de las sábanas como un cocodrilo, miró el despertador.

3 : 27

Parecía un salmo. Se volvió a un lado y a otro haciéndose un ovillo con las mantas, como una crisálida, aunque cuando esta se abriera no saldría una linda mariposa. En dos días debería dejar el apartamento, luego podía buscar otra cosa, llamar a un par de amigos que lo acogieran o simplemente cortarse las venas, pero el suicidio era algo muy dramático y sucio, las novelas lo habían idealizado, las cartas de amor lo había idealizado, pero internet por fin lo había colocado en su sitio. Una persona muerta era una persona muerta, en el funeral seguro que algunos no podían evitar pensar en las cosas prestadas que no iban a poder ser devueltas.

-Mi más sentido pésame, era un hombre excelente, magnífico, casi tanto como aquella chaqueta que le presté, no la recuerda, de raya diplomática, carísima, tal vez podría pasarme mañana a recogerla, ¿no?

Si, era complicado recuperar esas cosas, un momento viene y luego desaparece, intentamos atraparlo pero nada, supongo que para eso se inventó la escritura, el cine, las fotos, los tatuajes, para detener el tiempo.
Y lo único que teníamos muchas veces era tiempo, demasiado que gastar, que quemar todos los días, una hoguera enorme donde cabían todos los árboles del mundo, y de repente uno gritaba: "se me acaba el tiempo" pero era mentira, siempre se colocaban más minutos, uno detrás de otro como un pelotón de fusilamiento, dispuestos a mandarnos a la mierda si no éramos listos. Y en ese último instante todo era tan jodidamente rápido o había perdido tanto sentido que nos daba igual que se agotara.

3 : 32

Se colocó de lado, así notaba como sus piernas chocaban, era como si su cuerpo se abrazara a sí mismo, notaba algo más de calor, pero algo más aún no era suficiente. Tanto frío y nada de nieve, eso sería demasiado hermoso, todo el mundo sonreía cuando caía la nieve, bueno, excepto los que quedaban atrapados en sus coches o en las montañas, a esos la nieve les arruinaba el día.
En la calle un perro ladró, sus ladridos eran incómodas notas de realidad que se colaban por las maltrechas ventanas, a lo lejos otro perro contestó. En la noche todas las cosas cambiaban, se les metía la oscuridad dentro y adquirían tintes mágicos y espectrales.
Los ladridos se alejaban, ojalá fuera el sueño que llegaba asfixiando todo lo existente, pero simplemente el perro avanzaba por la noche helada. ¿Dónde se escondían los seres abandonados? ¿dónde estaban durante el día?

3 : 37

Iba a ser otra noche larga de insomnio.

Mujeres de Tesalia

Despierto entre mis hombres
Atado al mástil,
Despierto entre canciones
que no debo oír,
el océano nos rodea
crueldad sin fin,
los remos trabajan
deseando partir,
sus voces como niebla
no me dejan pensar
se clavan en la mente
susurrando bellezas sin igual.
Grito a mis hombres:
“¡DESATADME YA!”
Ninguno me obedece
Y me aprietan más.
Entre las rocas empiezan a asomar;
Una alfombra de huesos a sus pies precederán,
Sus ojos cazadores son del color del mar
de sus labios gotea música y sangre a la par.
No lo puedo evitar,
sus canciones son oro
Que necesito atesorar.
Las rocas pasan,
Mi negra nave va
Surcando entre la espuma
Huyendo de la trampa mortal.
Derrumbado en la proa
Sé que no olvidaré
En mi vida esas voces
Y que recordaré,
En mis noches profundas
En mis días de vejez,
A las mujeres de Tesalia
Y su cántico dulce y cruel

El Hombre de Negro ( una mañana )

- Entonces pegamos las fotos en las cartulinas y se supone que detrás tenemos que escribir algo así como inspirado, pero vamos, a mí no se me ocurre nada.

- No te preocupes, ya se te irá ocurriendo, tú procura tener listo lo demás y el resto irá saliendo.

- Ya , pero es que ahora nos ponen trabajos por todas partes.

- Pues imagina que luego todo empeora, claro que también mejoran cosas por otro lado.

- ¿Qué cosas, papá?

- Esas ya te las iré contando. Venga, que tengo que hacer un recado y no me da tiempo.

- Adiós , papá.

- Adiós hijo.

Decenas de coches realizan la misma operación, alumbrando artificialmente niños y niñas que llegan al mundo con sus carteras sobre el hombro, sus zapatillas de diseño y mp3 de última generación. O como barcos de guerra desembarcando, un día D continuo.

Su hijo le saluda desde la puerta del colegio antes de unirse a la riada de niños y niñas, que entre chillidos nerviosos y juegos sin sentido, se preparan para entrar a clase. Incluso tan lejos, incluso tan temprano, los ojos del azules del muchacho brillan como un par de lámparas de lava, como carteles de neón, algo humano y ajeno a la vez.

Quita el freno de mano, introduce la marcha mientras pisa el embrague y el freno. Automatismos, decía su profesor de autoescuela, al final lo haces tantas veces que ni piensas en ello, como fumar, como atarse los zapatos…el brazo se alza, y todo el cuerpo acompaña a su caída para acelerar la fuerza del impacto, física elemental, el cuerpo es sabio. Si das en el punto exacto, inconsciencia, si no lo haces tendrás que repetir la jugada varias veces.

Mientras conduce recuerda el libro que estuvo leyendo la otra noche, se supone que aquel manual de psiquiatría le ayudaría a entender algo, pero todas aquellas frases sobre indiferente papel no demostraban nada. Él quiere a su hijo, disfruta cuando hace el amor con su mujer o cuando esta le prepara algo que le gusta sin previo aviso. El día que tuvo que despedir a Perkins se sintió mal toda la tarde. ¿Y se supone que todo aquello no es real, que es fingido? Tal vez le falten conocimientos y años de estudio, tal vez él no esté en esas páginas, se equivocó de manual o puede, sencillamente, que nadie entienda que hay dentro de su cabeza. Él sabría si esta mintiendo, imitando, fingiendo…¿o puede qué no?

Su mujer se extrañó al ver el tema elegido para leer:

- Cariño, ¿y ese libro? Nunca te han gustado los libros escabrosos.

- No es nada truculento, simplemente pensaba que podía ser interesante estudiar otra carrera.

- Si, tal vez, pero no creo que tengas mucho tiempo, y…- ella ríe socarronamente-te confundirían con los profesores.

- Ey, no soy tan viejo.

- Vaya, a lo mejor lo que quieres es ligarte a unas muchachitas estudiosas.

Los dos rieron con la idea. Dejó el libro cerrado sobre la mesita, se equivocó al buscarse allí.

El semáforo se pone en rojo. El principal problema es que cada vez sus acciones se distancian más, profundos surcos oscuros que auguran abismos insondables recorren su espíritu. Ayer, un ayer que llega hasta este mismo minuto, corrió demasiados riesgos. Nota que es algo casi premeditado que no puede evitar y que no alcanza a comprender, ¿acaso quiere que lo atrapen? Si fuera eso, ¿no debería sentir culpa? Tal vez quiera mostrarle a todos lo que tienen tan cerca y no son capaces de ver, muchas veces ha imaginado sus caras, debatiéndose entre el horror y la sorpresa. Pero no puede ser eso, su vida, aunque extraña, como un cuento de fábulas donde uno es caperucita y el lobo a la vez, le gusta.

El semáforo cambia a verde. Vuelve el automatismo. Conduce con tranquilidad, aún tiene tiempo de sobra para llegar al trabajo. Nunca haría esto de día, ¿por qué lo hace? Analiza sus actos con curiosidad, pero con la misma curiosidad de un hombre que lee el periódico cada día.

La señal indica que faltan 15 kms para llegar. Entre casa y casa, cada vez hay más árboles, el sol aparece una y otra vez entre los edificios, casi intermitencia ya, mostrándose como el invitado sereno de una fiesta que al final dará el brindis que arrancará aplausos.

El camino de tierra hace traquetear al coche, meciéndolo como una niñera impaciente. Los bajos se llenarán de tierra, polvo, hierbas, tiene que recordar llevarlo al lavadero después de salir del trabajo. Debe revisar también los informes que le dejaron ayer sobre la mesa sin tardanza.

Ha llegado. La verja está rota. Dentro todo es herrumbre y abandono. Un coche sin ruedas, oxidado, el osario de una bestia muerta hace mucho. Hierbas amarillentas nacen entre los escombros de varios muros, se cuelan entre los ladrillos como el humo por la madriguera de un conejo. En mitad de toda aquella nada inerte, el ojo del cíclope, lleno de soledad y odio, un pequeño círculo negro dentro del cual el sol no se atreve a dar más de dos pasos. Un pozo, un miserable pozo con las entrañas llenas de agua estancada, negra y podrida. Algunos pájaros trinan en las ramas de los grises árboles que pueblan este escenario fantasma. Hay una paz triste en este sitio.

Abre el maletero, mira el fardo hábilmente atado con cuerdas, se lo carga al hombro, es muy pesado y realmente el ya no es tan joven. Debería hacer caso a su mujer, come demasiadas grasas y todo el día sentado.

La breve caminata hasta el pozo le arranca gruesas gotas de sudor. Deja el fardo cerca del pozo y comienza a desatarlo por la parte superior. Unos ojos marrones son deslumbrados por la naciente luminosidad, las pupilas se contraen pero no lo suficiente, el golpe fue excesivo y la mente no ha llegado a reordenarse. La mordaza ahoga las posibles cuestiones.

Mira la cara del muchacho, está pálido, tiene unas manchas de sangre seca que le nacen del pelo hasta las cejas. Intenta pensar en algo, pero esto requiere toda su atención. Lleva al muchacho hasta el pozo y lo empuja hasta la densa oscuridad, de cabeza al fin de la noche. Calcula que habrá unos dos o tres metros de caída, no mucho más. Oye un sonoro chapoteo cuando persona y agua chocan. En esa posición y atado el muchacho no tiene ninguna posibilidad.

Se queda mirando un buen rato pero no puede penetrar el velo negro. No hay más ruidos dentro. Espera un rato más, deseando que ocurra algo imprevisto, algo, lo que sea. Pero no ocurre nada más.

Dentro del coche enciende la radio. La gasolina vuelve a subir. Pronto costara más que le propio coche. Siente una leve preocupación, como tener una semilla entre los dientes y no alcanzarla con la lengua.

Al volver a la carretera reordena sus pensamientos y decide que, como es consciente de que nunca iría al gimnasio más de tres días seguidos, tal vez deba comprarse una de esas bicicletas estáticas. No pueden ser muy caras, no más que un litro de combustible. Se ríe ante su propia ocurrencia. Disfruta un rato de su sonrisa.

Pero la incomodidad no se va.

Pájaros que no aprenden a volar

Ella habla, me gusta su boca, es muy grande y al sonreír parece el gato de Alicia en el país de las maravillas pero me gusta. Los labios son exactamente como deben ser y los lleva pintados de un rojo suave que los hace brillar como si fueran una herida reciente. Los ojos marrones se mueven mucho mientras habla, también sus manos, todo su cuerpo, es una chica muy expresiva aunque yo sólo miro su boca.

Me gustaría besarla, ella no me gusta, me gusta su boca, quiero sentir esos labios, su calidez, su humedad, pero claro, luego tendría que darle explicaciones a esos ojos, a esos brazos, piernas, cabeza, así que sigo escuchando y caminando y pensando en esa boca y en esos...

- ¿Qué pasa ahí?- hay varias personas mirando algo en el suelo, no son un grupo, solamente gente dispersa mirando hacia el mismo sitio interrumpidos en sus múltiples caminos, como si se hubiera posado un ovni en el suelo, todos esperando que a alguien que alguien haga algo, a explique lo que ha ocurrido. Yo también miro mientras pasamos, de refilón, como fingiendo que no me intereso por los asuntos de los demás, que no soy un curioso más.

En el suelo hay una mujer mayor vestida de negro, parece desmayada, no puedo evitar mirarle las piernas, tiene el vestido muy subido y veo que tiene las medias rotas, un zapato se le sale casi por completo del pie, decidiéndose entre caer o quedarse allí cogido. Su cara es la de una persona que se ha quedado tranquilamente dormida en el sofá. Pero hay algo que no entiendo, algo falla en su postura. Nos miramos unos a otros como detectives de pacotilla sin saber.

Ya lo entiendo, me costó, como un chiste tan sencillo que cuesta trabajo pillarlo- Vámonos, venga- ella lo ha entendido antes que yo, su boca está muda, el gato de Cheshire se ha ido. Levanto la vista y observo la azotea desde donde supongo que ha saltado la mujer. Unos siete pisos. Hemos llegado antes que la ambulancia, hemos sido más rápidos que la sangre.

Nos vamos en silencio, sin mirar atrás.

Lejos de allí, recuperamos la conversación que había quedado apresada como un río; al principio un pequeño hilo de agua luego se libera todo el caudal y fluye como si nunca hubiera conocido el encierro. Cenamos algo picante y tenemos que pedir muchas bebidas, las burbujas se mezclan en mi interior, imagino mi estómago como un campo de pruebas de artillería. Hacemos el amor en su casa, que está mucho mejor decorada que la mía. Al final besé sus labios, sus brazos, su cabeza, sus piernas, al final tendré que darles explicaciones a todos.

Me levantó en la penumbra y miro por la ventana, me encanta mirar desde las ventanas de los demás y descubrir otro trozo del mundo que nunca había visto antes, es como darse cuenta de que todo es más grande de lo que uno imagina. Me vuelvo hacia la cama, ella está tumbada, desmadejada como un títere con las cuerdas rotas. Siento un escalofrío en la memoria. Cojo un papel y un bolígrafo y en la penumbra escribo:

Bailarina de cristal quebrado

en el suelo terminas tu danza

y tus pasos, de reloj dislocado

marcan un tiempo sin esperanza.

Miro el papel durante un buen rato, no se me ocurre nada más, lo arrugo y lo tiro a la basura. Nunca seré un poeta. Vuelvo a la cama y me abrazo a la muchacha de sonrisa de gato. Se pega a mí en sueños y noto toda la vida que fluye en su interior. Tiene la piel cálida, sus labios entreabiertos dejan escapar el rumor del sueño. Su pecho sube y baja lentamente. Bajo la sabana se dibuja su cuerpo menudo. Hundo mi cara en su pelo que aún huele a champú y pienso que es hermoso existir.

La Casita de Muñecas

Mi amigo prepara sobre el salpicadero una serie de líneas alejadas de la matemática y muy cercanas a la química. Como aprendices de mago las hacemos desaparecer. Algo late con fuerza en mi pecho y recuerdo que estoy vivo, que curioso, hacía días que no me daba cuenta de ello. Sonrío al hombre del espejo retrovisor, que aunque algo pálido es hermoso, él también sonríe, todos sonreímos. Salimos del coche, mi amigo canta una canción que se me antoja conocida. Y algo triste, voy a preguntarle algo pero ya estamos entrando. No hay advertencias dantescas en la puerta, y si las hubiera dudo mucho que nos apeteciera leerlas.

Un humo espeso flota en la sala, tan denso que la música nada en él como un sapo en un charco de barro. Es un lugar amplio aunque eso se imagina más que se ve pues las luces son tenues, espectrales, y de los colores más diversos: jade, burdeos, violeta....los rostros parecen sacados de una película de serie B bajo este artificial arcoíris. Esas caras que no contemplan nada ya no creen en el amor al igual que no pueden volver a creer en los Reyes Magos, beben y mascan la vida como si fuera un tabaco amargo.

Un hombre alto e imponente nos saluda, su elegante y costosa camisa no puede esconder el intrincado tatuaje que cubre su nuca. Le miro las manos y me pregunto cuantos huesos habrán cedido bajo ellas, a cuantos dientes les habrá inculcado el arte de la aviación. Al mover su cuello, el tatuaje se mueve como si fuera una bestia negra al acecho. Me extraña que en su cara haya dos ojos y que no esté arrojando piedras a algún atrevido marinero.

Nos acercamos a la barra, recuerdo una película y varias imágenes extrañas se cruzan en mi mente, mi amigo pide por mí y acierta, cosa para nada sorprendente. El muchacho que nos sirve o está contento con su trabajo o al menos sabe fingir con elegancia. Mi amigo comienza una de sus historias, sé que no durarán mucho, pronto algunas de ellas vendrá. Somos presas delicadas, aún jóvenes y agradables, educados, solamente carentes de toda capacidad de emocionarse, abandonamos el dinero despreocupadamente y nos divierte la vida porque todavía no la entendemos del todo.

Ellas están sentadas al fondo, sumidas en las sombras como un coro de brujas medievales, llevan tanto tiempo así que la oscuridad se les ha metido dentro, ¿o puede que fuera al revés? Sirenas mudas que fuman cigarrillos pacientemente, saben que el mundo no se acabará mañana, eso sería demasiado bueno.

Una vendrá, espero que sea morena, espero que vaya de negro, espero que lleve una guadaña en la mano y un beso en la otra. Subiré con ella, todo será sencillo o complicado según las copas que haya bebido. Ella fingirá, yo fingiré un poco también, y cerraremos un trato, íntimo y secreto, a voces. Acostarse con una mujer es hacerlo con ella y recordar un poco a todas las que estuvieron antes.

¿Volveré al coche o tendré que esperar a mi amigo un rato? Siempre anticipando, consumiendo el tiempo como un tiburón enajenado; el lunes pensaba en esta noche, ahora pienso en que mañana es domingo y quedan pocas horas para volver al trabajo y el lunes pensaré lo poco que queda para que acabe el año y el último día antes de que caiga el calendario pensaré en lo rápido que pasa el tiempo y en lo poco que queda para preguntarle al doctor si no queda otro remedio. Que impaciencia para nada.

Una de ellas se decide y levanta el vuelo como un ave de presa, una hermosa sonrisa le cubre el rostro pero sus ojos están idos, un poco muertos. No es morena, no viste de negro. Me pregunta mi nombre y se lo digo; que extraños son los nombres, de tanto repetirlos se convierten en ti y todo fuera de esa minúscula palabra no te pertenece. La invito a una copa, me hago el simpático, filtreo un poco, que tontería, al fin y al cabo es una puta, qué puedo esperar. Lamentablemente si no lo fuera no habría mucha diferencia, todo se reduce a un hombre buscando un polvo. Nunca encontré el amor delante de una copa de whisky.

Han pasado varias canciones por el mar de brea que cubre nuestras cabezas, tengo una mano apoyada en su pecho, que es blando y confuso. Hoy será sencillo y volveré a casa pronto. Mientras su mano avanzaba de mi muslo a la bragueta dan las 3. Tal vez en la tele aún haya algo que ver. Mañana al mediodía al menos creo que si. El sol quemará cuando me levante, me dolerán los ojos cuando lo mire, nunca cierro las cortinas. Espero no olvidar apuntar en mi agenda la cita con el dentista.

Pienso PiEnSo p-i-e-n-s-o , ¿para qué tanto pensar? ¿para cuándo vivir?

El Hombre de Negro

El aparcamiento le hace pensar en un enorme cementerio, una fosa construida en hierro y cemento. Los coches se alinean como ataúdes vacíos. Antes de guardar las llaves en el bolsillo de su abrigo negro, activa el cierre del vehículo, de su ataúd particular, eso le convierte en algo extraño al salir de él, ¿no? ¿ un vampiro quizás? Plantado en mitad de esa oscuridad indiferente piensa en que aquí nunca llegaría la luz del sol. Podría cazar sin miedo a la mañana. Esa idea le hace sonreír.

Sigue las luces que le conducen hasta el ascensor. Prácticamente ya está en casa. Los números se suceden en el panel eléctrico como cada día, inmutables; el dos detrás del uno, el tres detrás del dos, siempre igual.

• Cariño, ¿Cómo fue la reunión?- el beso le sabe a perfume cuando su mujer le saluda.
• Bien, la gente empezó como siempre a discutir nimiedades y así hasta las tantas.
• Vaya.
• Si, siento haberte estropeado la cena.
• No te preocupes, he comido acompañada por nuestro pequeño hombrecito.
• ¿Dónde está?
• Jugando con la consola. Puedes calentarte la comida en el microhondas,
• De acuerdo, seguro que está deliciosa.
• Cariño.
• ¿Si?
• Estás dejándolo todo embarrado. Tienes los zapatos hechos una porquería.
• Si, eso parece- recuerda entonces el camino lóbrego junto al río, las hojas apelmazadas junto a la tierra mojada, los árboles silenciosos y muertos como atrezo de una opera, el río discurriendo lentamente con una luna incompleta reflejada sobre su tenebrosa superficie, de noche todo es tan irreal- Supongo que será de haber acortado por el césped al coger el coche. No me di cuenta de que estaba recién regado.
• No importa, quítatelos y le te los limpio.
• No, por favor, fue un descuido mío, yo los limpiaré cuando termine de cenar. No quiero que luego vayan diciendo por ahí que soy un machista.
• Ja,ja...vale. Voy a seguir viendo la serie.

Cuelga el abrigo, se quita la corbata gris a rayas y la cuelga en una percha, deja la camisa negra sobre una silla junto con el pantalón también negro y que tiene algunas manchas de barro en las perneras. Deja los zapatos en un rincón para limpiarlos mañana, aunque sabe que seguramente no lo hará y será ella la que lo haga al final. Tal vez al hacerlo descubra una mancha de sangre, o tal vez algún pelo largo y negro pegado, fantasea con esa idea mientras se pone la ropa de estar por casa. Tener un secreto no es divertido sino puede contarse alguna vez a alguien en algún momento.

El plato gira en el microhondas y él piensa en remolinos de agua. La carne está realmente sabrosa, su mujer es una excelente cocinera, tiene suerte de estar con ella, tan bella, tan dulce. Trocea el filete y prueba otro pedazo, esta vez mojado con un poco de salsa. Luego toma algo de ensalada y vuelve a atacar el filete. Los cuerpos tienen una consistencia aparente, parecen una unidad indivisible, única, y de repente un cuchillo, una piedra, los divide, nos muestra su fragilidad, bajo esa fachada un grumo rojo y espeso desea escapar como presos en un motín.
Mientras una mezcla de lechuga y maíz baja por su garganta, la imagen de un cráneo abriéndose aparece nítida en su mente. Incluso su brazo salta, vibra, con el recuerdo del golpe, como cuando en el duermevela intentamos esquivar un peligro.

Primero una cara, luego un cuadro cubista, luego gusanos, ¿luego la nada? Al igual que los números del ascensor, una serie que se sucede automáticamente.

• ¿A que estás jugando?
• Hola papá. Yo llevo a esa cosa que parece una ardilla, se llama Maxwell.
• Vaya, parece un bichito muy listo.
• Lo es. Tengo que hacer cosas con él porque sino no le devolverán a su novia.
• Vaya.
• Si, ahora tengo que ir rompiendo esas ramas para que caigan las manzanas.
• Manzanas- el brazo se rompió como una rama, ella gritó pero el pañuelo que le había metido en la boca ahogó su voz, es como si chillara bajo tierra, como si ya estuviera muerta y enterrada- ¿Hiciste los deberes?
• Si, papá.
• Venga, los dos sabemos que no.
• Je, je. Bueno, me dejé los de matemáticas, no me salen.
• Menos mal que tienes un padre experto en ese campo. Anda, acaba esa fase y te ayudo, ¿de acuerdo?
• Vale, papá.

Su hijo tiene los ojos azules al igual que su madre, limpios, inocentes. Su cara es redonda, inspira confianza, en los tiempos que corren se alegra de haber criado a un hijo como él.

Recostada en el sofá, su mujer ve la tele, hoy es miércoles así que emiten su serie favorita, algo sobre médicos, a él no le gusta demasiado pero le agrada verla con ella y acariciarle las piernas mientras en la pantalla actores de segunda fingen emociones de primera. Parece que hoy ocurre algo importante, uno de los principales personajes se muere. Cada vez que en una serie ocurre eso, él no puede evitar pensar en el actor o actriz diciendo “ joder, ahora tengo que buscarme otra cosa”. Al acabar su mujer tiene los ojos llorosos y se le abraza mimosa.

• Voy a lavarme los dientes.
• Yo tendré que hacer de nuevo de profesor de álgebra.
• No te quejes, te encanta.
• Je je, es verdad.

Finalmente su hijo duerme, apenas llevaban hechos la mitad de los ejercicios cuando empezó a cabecear, tal vez le exigen demasiado con todas esas asignaturas y cursos de natación, es muy pequeño aún para tantas actividades. Lo lleva en brazos a la cama y entre sueños le pone el pijama. Antes de salir observa como respira pausadamente con la boca entreabierta, la gente dormida siempre es bella…aspirar, expirar, respirar, expirar, expirar, expirar, expirar, él pecho sube y baja frenéticamente primero, buscando el aire, la vida, luego nada, nada, nada…su hijo duerme tranquilo bajo un techo pintado de un suave color naranja.

• ¿Terminaste?
• Más o menos. El pobre estaba agotado y se quedó dormido.
• Eres un padrazo.
• Hago lo que puedo con vosotros es difícil no querer ser el mejor.
• Hoy estás guapísimo, no sé, tienes como una mirada que me encanta...
• Tú siempre estás perfecta.

Se besan cariñosamente, poco a poco la maquinaria se va encendiendo, las pupilas se dilatan, se abren los poros, la respiración se acelera mientras buscan en los lugares comunes, donde el calor es mayor, donde las sensaciones son más intensas, más reales. Ella se coloca encima, su pelo castaño claro cae sobre la cara de él. Hacen el amor silenciosamente, ella ahoga el placer contra la almohada para no despertar a su hijo, él recuerda unos ojos rendidos a la evidencia, vacuos, como si hubieran sido abandonados en aquel cuerpo delgado y pálido sobre el cual él descargaba toda su brutalidad.
Acaban, se besan con el corazón aún desbocado. Ella se levanta y va al baño. Él contempla el techo, se oye el agua correr, al poco ella vuelve, apagan la luz y se desean buenas noches.
En la habitación flota una tranquilidad hermosa. Afuera todo el mundo está en paz, no hay ruido de tráfico, parece como si una serenidad beatífica inundara la ciudad.

El reloj digital, que le despertará dentro de unas horas, le mira con ojos de un rojo brillante y él piensa en lo sencillo que es ser un monstruo.

El Lado Solitario

“Cassady se tumbó en mitad de aquel páramo desolado, sobre las vías del tren que pasaría a recogerlo en algún momento de la noche para convertirla en eterna. Lejos quedaban todos esos amigos que admiraron su estela y rieron su locura imperecedera. En un arbusto amarillento un grillo canta a la Sombra que cubre el mundo. Antes de que el hombre descubriera el fuego, un grillo idéntico entonaba la misma música a la misma oscuridad. El ser humano no es más que un parpadeo en la mirada de un gigante.

Cassidy no pensaba en eso, posiblemente no pensaba en nada, siempre había sido un animal de impulsos, lleno de tanta vida que intentaba, con drogas y alcohol, ahogarla como se hace con las camadas de gatos cuando son demasiado numerosas. Siempre había sido el primero en destapar la botella y el último en marcharse a casa. Ahora los zapatos, gastados y rotos por la suela, le hacían daño y ya ni iba ni venía, simplemente pasaba sobre el mundo como un fantasma. Alguno murió, otros se fueron del país, la mayoría se escondieron bajo novias, hijos e hipotecas. Ya nadie hacía fiestas a las que perteneciera. Él era el extraño al que todos miran al entrar.”

El telefono suena y tiene que dejar de escribir. Nunca ha podido dejarlo sonar; en la ducha, durmiendo o jodiendo, no importa, tiene que cogerlo. La curiosidad posiblemente de saber quién y por qué.

-¿Si?
-Hola.
-Ah, hola.¿qué tal?
-¿Interrumpo, estás haciendo algo?
-Bueno, lo de siempre, sobrevivir.
-Siempre tan cínico. Pues yo tengo una gran noticia.
-¿Si? ¿encontraste la Atlantida?
-Jajaja. No, tonto. Me caso, por fin me decidí.
-Oh,vaya...
-Si, será dentro de tres meses, en sabado, espero que puedas venir. Sabes que es muy importante para mí.
-Si, si, claro... allí estaré.
-Gracias. Entonces...ya recibirás la tarjeta.
-Perfecto.
-Bien, te cuelgo ya, estoy muy liada.
-Claro.
-Adiós.
-¡Espera!
-¿Qué?
-Enhorabuena.
-Ah...claro, Gracias.
-Adiós.
-Adiós.

“Se encontraba en alguna parte de Méjico, ¿o tal vez ya no?, aquella última dosis le había cocido realmente el cerebro e imágenes vagas de una furgoneta y el asfalto corriendo delante de sus ojos le confundían. El cielo estaba preñado de estrellas, claras y puras que formando un tapiz que nadie comprendía. Ese cielo estaba lejos de cualquier ciudad, miles de personas se levantaban en mitad de la noche buscándolo pero se lo habían arrebatado, en su lugar tenían farolas, televisión digital y orgasmos en aparcamientos de 2´50 la hora.

Cassady buscó en los bolsillos de su chaqueta vaquera. Encontró el cigarro de marihuana, a medio fumar y desvencijado bajo un cumulo de clínex y envoltorios de caramelos mentolados. Tumbado boca arriba, en esta noche sin viento, el humo ascendía creando una fugaz autopista hacia el universo. Todo se movía como un río caudaloso, aquello que permanecía iba siendo erosionado y descompuesto. Cinética, estática. La evolución en cada aspecto de la existencia. Nunca había podido coger ese maldito ritmo, era un mal bailarín y no había sabido aprender los nuevos pasos que la vida le pedía.

Tarareó una canción y quiso tocar la guitarra pero la había empeñado hacía mucho, así que rasgó con los dedos el vacío que ella había dejado. El raíl que le hacía de improvisada almohada estaba helado y esa misma frialdad se le estaba contagiando a los huesos, a los pensamientos, al mismo corazón que parecía sonar ahora mucho más apagado de lo que recordaba. ¿Qué habría sido de aquel libro que escribieron sobre aquel extraño viaje? Lo último que oyó es que iban a hacer una película con él o algo parecido, no estaba seguro. Imaginaba tantas cosas y tantas cosas que le habían pasado parecían mentira que ya no podía distinguirlas bien. Era un viejo demasiado joven.

Las mujeres eran fascinantes y hermosas, los amigos reían con las bocas llenas de anécdotas, su agenda estaba repleta de números como un ramillete de flores en una boda. En medio de todo, siempre él, Neal, dispuesto y preparado, imposible decirle que no. Ahora esas mismas mujeres miraban con gesto torcido las estupideces que antes le admiraban, los amigos le rehuían con excusas de horarios y letras que pagar. Perdió su agenda en algún motel de la costa este. Cassady, siempre lo había sabido, acompañado en las borracheras o tumbado al final en mitad de ninguna parte, siempre había jugado en el lado solitario de la vida.”

Cierra el documento después de grabarlo. Tiene la tentación de mirar algunas fotos guardadas en el ordenador pero decide que no es buena idea. Se levanta. Mete una taza de café en el microhondas.En la cocina de su apartamento alquilado espera que se caliente. No piensa en nada mientras el frigorífico le devuelve la mirada.

Cowboy de Medio Pelo

  • Ah,maldita sea me duele, joder, me duele de la ostia.

  • Tranquilo chico. Hacemos lo que podemos.

  • Joder, PERO HAGAN MÁS.

  • Hemos intentado sacarlo pero...

  • ¿Qué?

  • Está atascado.

  • Pues desatásquenlo.

  • Chico, tienes que explicarme bien qué pasó. No puedo ponerme a trastear ahí como si nada.

  • Ya se lo he dicho, estaba en casa con mi amigo, fui a ducharme y al sentarme en la banqueta del cuarto baño, ¡ocurrió!

    El doctor miró a la cara de aquel jovencito de apenas 17 años recostado sobre la camilla y no pudo reprimir una mueca de escepticismo. El muchacho que había llevado a su amigo a urgencias tenía cara de aburrimiento, tenía un rostro entre delicado y bárbaro, no pasaría de los 25 seguramente. Apoyado contra la pared de la consulta miraba las postales de paisajes que había pegadas por la habitación en un intento de hacerla confortable y propia, claro está, no lo conseguía.

  • Ya vale- dijo el muchacho, que contaba con más años,cansado de mirar aquellas fotos de playas y palmeras tan irreales- Dejadme a mí, aquí parece que nadie tiene prisa- el muchacho se quitó el abrigo dejándolo sobre la silla como un pájaro muerto, desabrochó los botones de uno de los puños de la camisa y comenzó a subir la manga, doblándola cuidadosamente. Un curioso tatuaje fue haciendo aparición como un poema que fuera leído lentamente. El médico al principio no comprendió del todo lo que veía, creyó que sería algún tipo de símbolo tribal o acaso una serpiente muy geometrizada. Desde la mano hasta el codo tenía marcas señalando los centímetros recorridos por una delgada linea roja que le llegaba hasta el codo donde acababa en un círculo rojo.

  • Eh, no creo que eso sea...adecuado...eso...eso podría empeorar la situación que ya es de por si....errr- una mujer entró oportunamente en la consulta, las enfermeras guapas sólo existían en las películas porno, y a veces, ni ahí.

  • Aquí tienes las pruebas, han tardado algo pero ya sabes como estamos los sábados- la mujer dejó la carpeta y se marchó, antes de volver al coro de lamentos y quejas que le esperaban en ese turno de noche que nadie quería echó una última mirada a aquella extraña escena:.un muchacho inclinado sobre otro que estaba en la camilla, con el brazo bien cerca de su ano mientras el médico parecía no ser capaz de hilar más de dos palabras coherentes. "Seguro que otra vez está borracho" pensó ella. Tres pares y medio de ojos siguieron su marcha.

  • Vaya, parece que la cuestión se complica- dijo el médico sosteniendo la ecografía en alto.

  • ¿Qué quiere decir que se complica? no me joda, ya estoy bastante jodido.

  • ¿Qué ocurre?

  • Parece que el objeto se está adentrando demasiado, si llega a esta zona, ¿ven?- señaló uno de los posters anatómicos de la pared con una de sus uñas manchadas de nicotina- las arrugas naturales del colón comenzarían a ser presionadas por el objeto volviéndolas planas, y bueno, digamos que eso no es muy bueno. Así que...

  • ¿Qué?

  • Habría que intervenir, es decir, operar.

  • Joder.

  • Mierda, la noche está saliendo a pedir de boca.

  • Bueno, al ser usted menor de edad será necesario que sus padres autoricen la intervención.

  • Oh,no, no no no, eso si que no.

  • Pero tranquilo, en cuanto fue ingresado se les llamó desde la centralita. Es el protocolo establecido en estos casos si hay un menor de por medio. No creo que tarden mucho en llegar, así que no hay de que...

  • Eh, tío, yo creo que mejor me voy a mi casa.

  • Una mierda, cabrón. Tú te quedas aquí.

  • Tranquilos, por favor, permanezcamos en...errr...calma- en ese momento echó de menos su preciosa petaca color plata, rellena a reventar como una abeja trabajadora de aquel dorado, cálido, delicioso brebaje. Pero había hecho una promesa en un momento de ira y ahora tenía que apechugar.- la cosa es bastante más fácil de lo que parece, no creo que sea necesario...-unos golpes secos dieron en la puerta- ¿si? pase.

    Una pareja de mediana edad apareció en el umbral, parecían recién levantados y seguramente así fuera. El hombre llevaba un calcetín de cada color y en su cara se adivinaban aún marcas de la almohada, ella en cambio estaba totalmente arreglada de pies a cabeza e incluso llevaba un poco de maquillaje.

  • Ay, cariño¿estás bien, qué pasó,te duele, no estarás borracho? Doctor, ¿qué le pasa a mi niño, es grave, hay que operarlo? mírelo parece que sufre ¿es qué nadie hará nada?

  • Señora...er...señor...parece que la intervención quirúrgica será...

  • ¿Y tú quién eres?- dijo el padre mascando las palabras como si fueran pedazos de roca.

  • Soy un amigo de su hijo, fui yo el que lo traje.

  • ¿Os estabais drogando,verdad?

  • Oh, mierda, papá.

  • Mi niño está sufriendo, pobrecito mío.

  • Tranquilos, tranquilos..

    Nuevamente sonaron golpes llamando. Un hombre con el pelo casi tan blanco como la bata que llevaba cruzó la puerta.

  • Hola a todos. tengan muy buenas noches. Doctor. Salgado parece que tiene aquí un caso complicado según la información que la enfermera adjunta me ha facilitado, por tanto he decidido venir a prestarle mi ayuda- apretó un par de manos, miró sesudamente las pruebas y llevando a su compañero a un rincón de la habitación, dijo- Cabrón, te tengo dicho que me llames con estas cosas. Aquí todos tenemos derecho a reírnos un rato.

  • Menos mal que viniste, llevo un rato intentando sacarle lo que cojones sea que tiene ese chaval en el culo, pero no puedo, no tengo pulso, se me van los instrumentos.

  • ¿Y eso, estás sobrio?

  • Si, y ya sabes que así no soy capaz de hacer nada a derechas.

  • Mira que te digo que no le hagas caso a tu mujer. Pero tranquilo, ya me hago yo cargo.

  • Perfecto.

    Con los gestos estudiados como un arengador nazi, caminó hasta el centro de la habitación, la cabeza gacha, el gesto preocupado y las manos enlazadas a la espalda. Súbitamente miró al techo como si escuchara un mandato sagrado:

  • Nos hayamos ante un desafío médico que profesionales menos arrojados declinarían aceptar, pero tienen la suerte de que ellos no están aquí. Parece, señores y señora, que realizaremos un último intento en aras de agotar todas las posibilidades previas a una intervención, que estoy seguro ninguno deseamos realizar a no ser en caso de extrema necesidad.- un médico seguro de si mismo y con un vocabulario aplastante era lo más cercano a un dios que caminaba por la tierra.- Así que si me permiten y son tan amables de dejarme un espacio para trabajar...

  • Claro claro...que hombre tan profesional, ¿verdad, cariño?- su marido no respondió, no quitaba ojo al muchacho de cejas retocadas que parecía azorarse a cada minuto que pasaba y que a él le parecía la estampa del típico bolchevique. Su hijo no se quejaba, no opinaba, parecía que se había abandonado a las manos del destino, resignado como una virgen en el altar de sacrificio.

  • Salgado si eres tan amable de alcanzarme el...

  • Si...

  • Y...

  • Claro...

  • Gasas...

  • Auchhh...

  • Tranquilo, joven, parece que este percance está a punto de convertirse en un simple recuerdo.

  • Ay, mi niño como sufre.

  • Auchhh....ayyy...

  • Eso te pasa por estar drogándote con tus amigos hippyss, como si la vida fuera nada más que beber litronas mientras el país se derrumba.

  • Si, parece que ahí está casi casi casi....

  • Ay, ay, arghhh, ¡¡joderrrrr!!...

  • ¿Lo tienes?

  • ¡Aquí está!.

Los dos compañeros de trabajo se miraron con una carcajada asomando a los ojos. Un pesado silencio había caído en la sala como una lluvia de plomo. Pese a los restos de sangre podía distinguirse perfectamente un pepino excesivo tallado de forma virtuosa como si fuera una poya. Los padres no podrían quejarse, al fin y al cabo, no había drogas por ninguna parte.